La UE se durmió ante el ataque a Caracas y las amenazas a Dinamarca. Debería aprender de China.
«Non in armis, sed in legibus et institutionibus civitatum positam esse salutem.»
— M. Tullius Cicero
La crisis venezolana de enero de 2026 —culminada con el secuestro del Presidente Maduro pocas horas después de que el enviado chino y embajador para América Latina de la República Popular China, Qiu Xiaoqi, reafirmara más de 600 acuerdos de cooperación con Venezuela— es una sacudida sin precedentes a la legalidad internacional y, según muchos, también a las propias leyes federales de EE.UU.
Claramente, esto no concierne solo a América Latina. Visto desde el Europa, es un espejo que refleja con nitidez la vulnerabilidad estratégica del viejo continente. Mientras Beijing ha fortalecido sabiamente marcos contractuales diseñados para sobrevivir a convulsiones políticas y cambios de régimen, las empresas europeas sufren daños colaterales inmediatos: Total de Francia o ENI de Italia ven suspendidas sus operaciones en Venezuela debido a las sanciones secundarias estadounidenses, mientras que el grupo alemán Siemens perdió de la noche a la mañana más de 300 millones de dólares en contratos de mantenimiento de la red eléctrica. Europa se queda como espectadora mientras sus intereses económicos se desvanecen ante el unilateralismo estadounidense y la resiliencia arquitectónica china; ninguno de los dos parece haber consultado a Bruselas.
Simultáneamente, la renovada campaña de Trump para comprar Groenlandia, explícitamente definida como una «necesidad estratégica para contrarrestar las ambiciones árticas de China», ha expuesto la segunda vulnerabilidad de Europa: la soberanía territorial. Cuando el presidente americano declaró que Dinamarca es «incapaz de defender sus propios territorios», no estaba simplemente despreciando a un aliado de la OTAN; estaba señalando que la integridad territorial europea es negociable en la contienda de poder entre Estados Unidos y China.
En la misma semana en que Maduro fue secuestrado, funcionarios estadounidenses ejercieron presiones privadas sobre Copenhague para obtener derechos ampliados para pruebas de armas en la base aérea de Thule, nuevamente, sin consultar a la Unión Europea. Para Europa, Venezuela y Groenlandia, es una doble prueba de estrés: por un lado revela la fragilidad de la soberanía económica, y por otro, expone la ilusión de la autonomía territorial.
Estos eventos deberían finalmente destruir la complacencia estratégica de Europa. El enfoque arquitectónico chino en Venezuela —donde la plataforma petrolera «Alula», una inversión china de mil millones de dólares, forma parte de un sistema en el que, según un análisis publicado por Sina Finance (6 de enero de 2026), en 2025 el 85 % del comercio petrolero sino-venezolano habría operado dentro del mecanismo “loans-for-oil”, en el que los envíos de crudo se imputan al servicio de la deuda y los flujos de facturación y compensación se canalizan exclusivamente a circuitos en renminbi—, junto con el fortalecimiento diplomático preventivo, ha creado una infraestructura resistente a las sanciones que quizás ofrece un modelo que Europa necesita desesperadamente. Pero la adaptación requiere urgencia:
En primer lugar, la infraestructura financiera debe pasar de la teoría a la práctica. El proyecto del euro digital del Banco Central Europeo debería priorizar los corredores comerciales energéticos con estados no alineados. Cuando las sanciones estadounidenses paralizaron las transacciones en dólares de Venezuela, las importaciones chinas de petróleo continuaron sin interrupción gracias a los pagos en moneda china. El mecanismo INSTEX (Instrumento de Apoyo a los Intercambios Comerciales), creado por la UE en enero de 2019 para mantener el comercio con Irán tras la salida de EE.UU. del acuerdo nuclear, funcionaba como una cámara de compensación que evitaba transacciones directas en dólares y fracasó precisamente porque permaneció ligado a la infraestructura del dólar. La lección es clara: la verdadera autonomía requiere sistemas de pago que funcionen durante las crisis, no solo en tiempos de paz. La UE debería establecer un centro de compensación del euro en la neutral Suiza, aprovechando su doble papel de custodio del oro y nodo del RMB, para crear rutas de liquidación alternativas. Menos dólares, más euros: esa sería la verdadera arma a disposición de la Unión para su seguridad estratégica, vista también la naturaleza principalmente económica de la UE.
En segundo lugar, las defensas legales deben convertirse en armas operativas. El Estatuto de Bloqueo europeo sigue siendo un tigre de papel mientras empresas como la francesa Renault y la comuntiaria Airbus continúan respetando las sanciones estadounidenses sobre Venezuela para preservar el acceso al mercado americano. La UE debe instituir un fondo legal dedicado, capitalizado para la defensa estratégica, para defender a las empresas sancionadas y compensar las pérdidas cuando impacten las sanciones secundarias estadounidenses. Finalmente, esto requiere armar el derecho internacional: Bruselas debería presentar una disputa formal ante la Organización Mundial del Comercio contra las sanciones unilaterales estadounidenses, citando a Venezuela como caso de estudio donde las acciones americanas destruyeron inversiones europeas sin compensación. La UE nace sobre las bases del derecho internacional y arriesga ser aplastada por renegarlo hoy.
La arquitectura de seguridad debe enfrentarse al precedente de Groenlandia. El intento de Trump de comprar Groenlandia no es nuevo ni debe entenderse como irracional; al contrario, es política de poder racional y consciente. Estados Unidos reconoce que el dominio ártico requiere el control de los minerales de tierras raras de Groenlandia y las posiciones para la defensa antimisiles. Desde la postura en Ucrania hasta lo que ocurre hoy, el tema respecto a la UE es uno: no debe acceder a los materiales críticos necesarios para el desarrollo tecnológico que necesita para ponerse al nivel de China y EE.UU.
La respuesta de Europa, irrelevante ante el abuso en Venezuela y de tímidas protestas diplomáticas desde Bruselas sobre Groenlandia, ha revelado su impotencia estratégica. La UE debe acelerar la transformación de la PESCO (Cooperación Estructurada Permanente) en una fuerza de reacción rápida, instituyendo simultáneamente un Mando Ártico Europeo con sede en Tromsø. Esto no es anti-americanismo; es un seguro contra ser tratados como Dinamarca, donde la soberanía territorial se ha convertido en una moneda de cambio en la rivalidad entre grandes potencias. En cambio, el mecanismo tarda en ser eficiente; cada estado actúa individualmente con poca coordinación europea. La unidad política europea está lejos de llegar, mientras las incursiones desde la derecha y la izquierda sobre el cadáver de la UE aumentan, alimentadas por campañas ideológicamente impregnadas de retóricas inútiles, carentes de sustancia política, dignas representantes del caos generado por guerras cognitivas que dominan el discurso público, difundidas por fake news oficiales o a través de las redes, fundadas en eslóganes prêt-à-porter que sustituyen la competencia, autonomía y pensamiento crítico. De ello extraemos un retrato de decadencia y de una Europa a la deriva, que no logra encontrar unidad.
Siempre podemos esperar el despertar de esa élite intelectual y política que ha sido marginada, si no barrida completamente, por los movimientos populistas de la anti-política nacida en los años 90, culpable de graves errores que quizás no sean nada comparados con los de hoy, pero cuyo bagaje intelectual y político sería vital hoy para la supervivencia y reconstrucción de un sueño europeo, traicionado y abandonado en manos de tecnócratas inútiles.
La ventana temporal se está cerrando. La arquitectura venezolano-china demuestra cómo la paciente construcción institucional crea resiliencia contra la coerción. Europa no tiene ni el horizonte temporal de China ni su capacidad de ejecución centralizada, pero posee fundamentos institucionales más sólidos y un mayor poder de influencia.
La crisis venezolana y las presiones sobre Groenlandia no son incidentes aislados; son síntomas de un cambio sistémico en el que las potencias medianas, y la UE debe empezar a considerarse como tal, deben elegir entre dependencia o construcción de arquitecturas para su propia tutela.
Para Europa, hoy la elección es urgente: convertirse en un ejecutor de reglas en la guerra financiera americana o en un arquitecto de sistemas multilaterales y plurales, como lo es en su ADN constitutivo.
Cuando el embajador chino Qiu Xiaoqi se reunió con Maduro el 2 de enero, no estaba conduciendo diplomacia; estaba reforzando un sistema diseñado para sobrevivir al cambio de régimen.
El equivalente europeo es ahora.
Su respuesta a la economía destrozada de Venezuela y a la soberanía disputada de Groenlandia determinará si permanece como un espectador geopolítico o se convierte en un arquitecto soberano en el nuevo orden multipolar; si abre la puerta a las esferas de influencia listas para despedazarla, o asume el papel que le corresponde de numen tutelar de la justicia y el derecho internacional.
La arquitectura de la resiliencia no se construye en momentos de crisis, sino que se forja en la calma antes de la tormenta. Esta es quizás la lección que Europa podría aprender de China, por una vez, con humildad, porque el tiempo de la quietud parece estar llegando a su fin.
