Los tiempos se acortan y las contradicciones en la Alianza Atlántica se profundizan
Pocos meses después de la entrada rusa en Ucrania (febrero de 2022, hace ya cuatro años), un analista militar ruso afirmaba que lo que fue pensado como una operación militar de corta duración acababa de transformarse en una guerra de desgaste que duraría, por lo menos, hasta 2026. Una afirmación vista con incredulidad por muchos en ese momento, pero que hoy en día, con el paso del tiempo, se convirtió en un análisis que habría que mirar con otros ojos.
Las consecuencias de esa guerra de desgaste no sólo afectaron principalmente a Ucrania y a Rusia, sino que al mismo tiempo redefinieron las relaciones internacionales en su conjunto, incluyendo los vínculos entre los propios integrantes de la OTAN.
Se suele remarcar entre los medios pro Alianza Atlántica e incluso entre las autoridades de la misma OTAN y de la Unión Europea que los lentos avances rusos son una muestra de la incapacidad militar de una gran potencia de derrotar a fuerzas adversarias inferiores. Así, tenemos la declaración de Mark Rutte, el secretario general de la alianza occidental el 13 de febrero en Múnich acerca de que Ucrania no está perdiendo la guerra y que Rusia avanza a la velocidad de un “caracol de jardín”. Afirmación que, por cierto, resulta totalmente contradictoria con otras declaraciones de las mismas autoridades acerca de que en los próximos dos o tres años Rusia atacaría a países miembros de la OTAN y que, por lo tanto, deben incrementar significativamente el presupuesto de defensa y aumentar el número de militares en servicio permanente.
Las afirmaciones occidentales acerca de la supuesta incapacidad de las fuerzas rusas de infligir una derrota significativa a las fuerzas ucranianas son una falacia: las fuerzas de Moscú no se enfrentan únicamente contra las de Ucrania, sino contra el apoyo económico, en armamentos, inteligencia e incluso personal de la propia OTAN y otros aliados occidentales. Por lo tanto, habría que invertir la premisa: cómo es posible que más de treinta Estados que reúnen casi el 50% del PBI del mundo no hayan podido impedir el avance ruso. Y lo que se suele ignorar al analizar el conflicto es la concepción de “guerra de desgaste”, donde el objetivo no es ocupar rápidamente territorios, sino destruir prioritariamente la capacidad militar del adversario para luego ocupar con el menor número de bajas el territorio en disputa.
Y es el debate sobre la cantidad de bajas el otro punto que reiteran los analistas y propagandistas occidentales. En sus declaraciones, Rutte sostenía que los rusos sufrieron 35.000 muertes en diciembre y otras 30.000 en enero, lo que suponía implícitamente que si continuaban apoyando con todo tipo de recursos a las autoridades de Kiev a la larga derrotarían a las fuerzas invasoras. Y esto es un tópico sostenido sistemáticamente desde febrero del 2022 para validar el apoyo brindado desde Occidente a Zelenski.
Al mismo tiempo que se magnifican las bajas ajenas se minimizan las propias. Así, el 4 de febrero de este año Zelenski afirmaba que hasta el momento habían tenido 55.000 bajas militares mortales durante el conflicto. Esta afirmación no condice con la rápida ampliación de los cementerios ucranianos durante todos los años del enfrentamiento.
Kyrylo Budánov, jefe del servicio de inteligencia de Ucrania y actualmente Jefe de la Oficina Presidencial (uno de los cargos más influyentes del país) reconoció en diciembre en una entrevista televisiva que cada mes reclutan 30.000 soldados, pero que necesitan 60.000 para reponer el personal perdido. Es decir que reconocía implícitamente que cada mes el ejército ucraniano sufría unas 30.000 bajas. Téngase en cuenta que cuando se habla de bajas esa cifra incluye heridos, mutilados y muertos/desaparecidos (esta última categoría se suele estimar como la tercera parte de las bajas totales). Es decir que Budánov estaba dando de forma indirecta un estimado aproximado de las muertes reales entre el personal militar, muy lejos de los 55.000 caídos reconocidos oficialmente. Y cada intercambio de cuerpos entre las partes beligerantes aparece desmintiendo la afirmación del presidente ucraniano: a fines de enero las autoridades rusas entregaron 1.000 cuerpos y la parte ucraniana únicamente 38. Esto no es una situación excepcional, sino que en cada intercambio por cada mil cuerpos entregados los rusos reciben cifras que raramente llegan a 50.
Esto revelaría una verdadera catástrofe demográfica que las autoridades de Kiev tratan de ocultar, aunque cada vez de manera menos convincente para sus ciudadanos, aunque en Occidente diferentes autoridades respalden las afirmaciones oficiales de Ucrania para legitimar el apoyo militar entre su propia población.
Y ese costo humano comienza a expresarse en los avances rusos en todos los frentes, lo cual es llamativo porque los avances se están dando en pleno invierno, cuando se supone que el frente se estabiliza por las dificultades logísticas. Estaríamos, por lo tanto, ante las consecuencias tangibles del segundo momento de la guerra de desgaste, cuando se comienza a avanzar de forma sostenida sobre los territorios adversarios.
Tal vez 2026 sea el momento bisagra del conflicto, la confirmación de que los esfuerzos de la OTAN son incapaces de impedir la derrota de Ucrania.
Esto mismo ha provocado una profunda crisis en la organización occidental ya desde el año anterior. En febrero de 2025, en Bruselas, en la reunión de los representantes de los Estados que apoyaban a Ucrania, el secretario de Defensa (ahora “de Guerra”) de EE.UU. Pete Hegseth declaró que Ucrania no recuperaría sus fronteras de 2014 y que la OTAN no mandaría tropas a ese país, además de sostener que Ucrania no ingresaría a la organización. Era el reconocimiento de la realidad que se percibía sobre el campo de batalla por parte del Estado que comanda la OTAN.
También en febrero de 2025, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente Vance de los EEUU sostuvo que el principal enemigo de Occidente era interno, los grupos ideológicos contrarios a los valores comunes: Rusia pasaba a ocupar un lugar marginal como factor de peligro dentro del análisis del líder estadounidense.
Estas declaraciones no son excepcionales, sino que se sumaban a las sostenidas en reiteradas ocasiones por Donald Trump acerca de la ineficacia de la OTAN y la pertinencia de que EE.UU. formara parte de la misma. Incluso llegó a sostener que su país se reservaba el derecho a interpretar el artículo 5 sobre la asistencia recíproca en caso de ataque a alguno de los integrantes de la alianza. Más allá de lo sostenido públicamente no es posible que el país norteamericano abandone la OTAN, en la medida que sirva a sus intereses. Sin embargo, las rimbombantes declaraciones de Trump sobre diferentes cuestiones de política internacional (traídas de sus prácticas en los negocios al ámbito político), más allá de que sean formas de presión para obtener concesiones muy favorables, han generado una tensión interna dentro de la alianza occidental. Si EEUU no interviniera a favor de sus aliados en caso de un ataque externo, la cuestión que surge es cómo podrían protegerse. Pareciera que el reloj hubiera retrocedido a la década del 60, cuando el francés Charles de Gaulle planteó la misma pregunta: ¿qué pasaría si la URSS atacaba Europa Occidental, pero no a los EEUU? ¿estos últimos se expondrían a un ataque nuclear para proteger a Europa? Frente a la posibilidad de ser abandonados a su suerte, el gobierno de Francia creó su Force de Frappe, la “fuerza de choque” para poder dar una respuesta atómica independiente en caso de un ataque del Pacto de Varsovia.
Frente a las declaraciones de Trump, ahora Polonia y Alemania declaran la necesidad de contar con armamento atómico propio, por fuera de la OTAN, es decir, de lo que decida el gobierno de EE.UU. Porque lo que se sostuvo en los 60 sobre cómo actuaría Washington, en el fondo es lo que se plantean otros Estados también sobre qué harían Gran Bretaña y Francia con su armamento nuclear hoy en día.
Otro elemento de tensión dentro de la OTAN es qué pasaría en caso de un ataque. pero por parte de uno de sus miembros. Es la situación planteada con la reclamación de Trump acerca de que Groenlandia debería ser parte de su nación cesión voluntaria de Dinamarca o por la fuerza. Aunque la presidenta de la Unión Europea se solidarizó con el gobierno danés, al igual que numerosos gobiernos integrantes de la OTAN, el despliegue de tropas en la gran isla en respaldo de la integridad territorial dinamarquesa fue minúsculo.
Este panorama pone en perspectiva la cohesión real de la OTAN y su capacidad para ofrecer un frente unificado en apoyo de Kiev, cuando su principal integrante (y que aporta las dos terceras partes del presupuesto de la organización) ha iniciado negociaciones con Rusia que parten del convencimiento de que Ucrania deberá ceder territorios para poner fin al conflicto.
La cumbre realizada en agosto de 2025 en Alaska entre Trump y el presidente ruso Putin fue un baño de realidad para los sectores más intransigentes de la Unión Europea y la OTAN, la culminación de los contactos iniciados telefónicamente entre ambos presidentes en febrero y continuados personalmente por sus representantes poco después en Arabia Saudita. Fue el fin del aislamiento impulsado por Biden y la Unión Europea
El viaje de Putin a Alaska representó un golpe definitivo para la narrativa occidental acerca del aislamiento de Rusia. Sin embargo, lo más preocupante para los gobiernos de Kiev y de los aliados europeos fue la declaración acerca de que se habían acordado diferentes puntos para poner fin al conflicto ucraniano.
Aunque desde ese momento hubo vaivenes en las declaraciones desde Washington y Moscú acerca de los puntos acordados (porque desde Rusia sostuvieron que se cambiaron algunos de ellos), lo que resulta claro es que los aliados europeos no cuentan dentro de las negociaciones. Es una muestra clara del declive del poder europeo y de la Alianza Atlántica en su conjunto.
El escenario de 2026
En enero y febrero de este año se realizaron reuniones tripartitas entre representantes de EEUU, Ucrania y Rusia en Abu Dabi, sin ninguna participación europea. Aunque desde Washington y Kiev se declaró que se hicieron avances significativos, no se sostuvo lo mismo desde Moscú. En estos primeros meses del año se reanudaron las reuniones tripartitas en Ginebra que concluyeron sin un acuerdo formal. Sin embargo, al finalizar el último de los encuentros, las delegaciones de EE.UU. y Ucrania se reunieron con representantes occidentales para informarles de lo discutido y del estado de las negociaciones, como medida para hacerlos sentir partícipes o para preparar el terreno acerca de lo que se concertó.
La parte rusa aparentemente se muestra inflexible en la entrega total de los territorios de las cuatro provincias ya anexadas además de Crimea y su reconocimiento internacional como territorio ruso. Al mismo tiempo, otros aspectos de debate serían el levantamiento de sanciones, la desmilitarización de Ucrania y su no ingreso en la OTAN.
Aunque en los medios se suele presentar que el acuerdo depende de la buena voluntad de los involucrados, la situación es mucho más compleja e implica aspectos institucionales que no suelen ser considerados en los análisis.
Tanto las autoridades de Kiev como de Moscú enfrentan problemas políticos en caso de ceder a las exigencias de la otra parte. Compartir el uso de la energía de la central nuclear de Zaporiyia o el número exacto de militares ucranianos luego de la desmilitarización entre otros temas no serían el obstáculo principal, pero la cesión territorial sí lo es. De acuerdo a la Constitución de Rusia, ningún gobierno puede firmar un acuerdo que implique la renuncia de cualquier parte del país. Hacerlo requeriría previamente hacer una reforma constitucional, algo muy costoso políticamente. No obtener el control total de las provincias anexadas luego de tantos años de esfuerzo económico y militar comprometería la legitimidad de Putin y podría impulsar el surgimiento de sectores mucho más intransigentes en política exterior.
Por el lado de Ucrania, cualquier renuncia territorial requiere previamente la realización de un referéndum para su aceptación. Este instrumento que permitiría en apariencia medir objetivamente el grado de respaldo a la propuesta para lograr la paz es objeto de cuestionamiento: ¿deben participar todos los ciudadanos, incluyendo los que residen en el exterior y no van al frente? ¿debe abarcar a la población de los territorios ya controlados por Rusia? Y en este último caso ¿quién garantizaría el respeto del acto eleccionario?
Aceptar el referéndum comprometería la gobernabilidad en Ucrania, dado que su propio gobierno concluyó en mayo del año anterior su mandato y no se respetó el orden sucesorio. Según las últimas encuestas, la mayoría de los consultados aceptarían cesiones territoriales a cambio de la paz. Sin embargo, de acuerdo a cómo se realiza la consulta, esta podría ser impugnada en el futuro: ¿será una pregunta general o se especificarán qué territorios concretamente se cederán? Según trascendidos, Zelenski habría aceptado realizar el referéndum y elecciones presidenciales este próximo mes de mayo, lo cual sería un indicador de la gravedad de la situación militar para Ucrania.
Al mismo tiempo, hay que considerar si los sectores ultranacionalistas permitirían la realización del referéndum, dado que plantean seguir la lucha hasta el último ucraniano. Aunque los grupos de extrema derecha son numéricamente poco significativos, forman las brigadas mejor entrenadas del ejército, lo cual podría ser un grave problema de inestabilidad. Habría que ver si el envío de estas brigadas a las zonas más comprometidas del frente es porque son las mejor preparadas o porque se busca su debilitamiento para el rumbo político que se avecina.
Aunque las negociaciones están en curso hay sectores dentro de Ucrania y de algunos Estados europeos (principalmente Gran Bretaña) que intentan sabotearlas. Los atentados realizados o frustrados en Rusia durante las negociaciones serían un intento de que las autoridades de Moscú reaccionaran de forma desproporcionada y dieran lugar a cuestionar la sinceridad de las mismas frente a los representantes de EE.UU. En igual sentido, las ofensivas de las últimas semanas (tan publicitadas frente a la opinión pública ucraniana y europea) serían una forma de demostrar que la situación puede mejor y que se tienen más territorios bajo control para negociar.
Además de las partes directamente enfrentadas, tengamos presente que los EE.UU. tiene sus propios problemas que hacen que la situación ucraniana pierda cada vez más su relevancia. En noviembre de este año se elegirán 36 gobernadores y la totalidad de la Cámara de Representantes, entre otros cargos federales. Los conflictos internos sobre los inmigrantes, el creciente respaldo a los demócratas y las críticas desde sectores republicanos podrían comprometer al gobierno de Trump. Por lo tanto, tratar de cerrar algunos de los frentes externos se vuelve prioritario para poder concentrarse en aquellos que sí reditúen mayor respaldo electoral, como la situación en Israel, en Irán y principalmente en China. Además, el problema de la deuda pública requiere acortar gastos de forma inmediata, entre ellos disminuir el aporte de los EE.UU. a la OTAN o a Ucrania.
De ser correcto el análisis anterior acerca de que la guerra de desgaste recién ahora está produciendo resultados visiblemente favorables para las fuerzas rusas veríamos un escenario contradictorio. Por un lado, en los próximos meses se aceleraría el avance territorial ruso y derrotas cada vez más importantes para las tropas ucranianas. Por otro lado, aumentarían las acciones espectaculares contra personalidades públicas y objetivos rusos por parte de los servicios de inteligencia ucranianos y de Estados cercanos para tratar de dificultar cualquier tipo de arreglo negociado. Y en ese panorama, cómo se mueva la administración Trump para neutralizar a los sectores beligerantes internos y a sus aliados europeos díscolos puede cobrar una importancia extraordinaria.
