El asedio a Venezuela en clave de Arendt y Schmitt

Por qué Estados Unidos mantendrá el conflicto con el país sudamericano.

Por Juan Pablo Demaría (*)

La actualidad política internacional está atravesada por conflictos. De la disputa de Estados Unidos contra Venezuela, de la guerra entre Rusia, Ucrania y la OTAN, del genocidio que lleva adelante el gobierno del estado de Israel contra sus enemigos, sean estos palestinos o no, entre otros. Para este escrito recurrimos a algunas ideas de Hannah Arendt y de Carl Schmitt para centrarnos puntualmente en el conflicto de EE.UU. contra Venezuela, que nos toca de cerca como latinoamericanos.

(Nota del Editor: Arendt, 1906-1975, es una de las figuras más importantes del pensamiento político del siglo XX por sus aportes sobre del totalitarismo, el holocausto y las circunstancias que pueden llevar a un ser humano “normal” a cometer atrocidades. Dejó para la historia su teoría de la banalidad del mal. Por su parte, Carl Scmitt, 1888-1985, fue un jurista, filósofo político y teórico del Estado alemán, un crítico feroz del liberalismo y un teórico clave para entender la política como conflicto).

Tomamos esas ideas de Arendt de sus libros “Sobre la violencia” y “Sobre la revolución”, así como de “Diálogos com Hannah Arendt”, publicado por la Universidad de Brasilia. Y de Schmitt, de “El concepto de lo político” y Teología política”.

Las guerras en versión caliente y en versión fría signaron el pasado siglo XX —ese siglo que Eric Hobsbawm llamó el “siglo corto” y que Josep Fontana denominó el siglo de la revolución— y lo hacen en lo que va de este aún joven siglo XXI. Por ello, volver a leer a Arendt y a Schmitt nos es útil para usar algunas de sus ideas con el objetivo de aplicarlas a la actualidad política internacional en lo que atañe al conflicto en el Caribe. Ambos autores fueron contemporáneos de la Primera y la Segunda guerras mundiales, de la Guerra Fría que enfrentó a Estados Unidos contra la Unión Soviética y que repercutió en conflictos armados calientes en países satélites de cada una de las grandes potencias mundiales. En países de Latinoamérica, en la Europa del Este, China, Vietnam, algunos pueblos de África que lucharon contra el colonialismo occidental en los procesos de descolonización, etc. Por mencionar sólo algunos acontecimientos conflictivos del siglo pasado.

Tanto Arendt como Schmitt pensaron en términos de guerra, revolución, poder, violencia.

Por su parte, Arendt plantea que la violencia atraviesa las relaciones internacionales —lo expresó en el contexto de la Guerra Fría, teniendo presente las revueltas estudiantiles y de trabajadores en algunos países de Europa, en la lucha de estos sectores en favor de derechos civiles y contra la guerra de Vietnam en EEUU, los movimientos de liberación del tercer mundo. La violencia como medio o instrumento para luchar, por ejemplo, contra un régimen dictatorial y hacer lo posible para destruirlo o para ser usada desde otro lugar, para sofocar una revuelta, terminar con una revolución, instaurar un sistema político totalitario. De alguna forma, violencia y revolución van de la mano. La violencia como medio o instrumento de un proceso revolucionario no es un fin que constituye un poder que crea instituciones que sean parte constitutiva de un sistema político. La instrumentalidad de la violencia radica en su capacidad de destrucción de un poder instaurado, no así para crear uno que conlleve una institucionalidad y acciones que sustenten uno de tipo pluralista, democrático.

Con respecto a la revolución, la autora recurre a tres revoluciones de la modernidad — contemporaneidad: la francesa, la estadounidense y la rusa. La primera desembocó en el terror, luego en una dirección personalista, primero en una fase republicana y después en una imperial. La segunda, mediante la participación civil y política con el liderazgo de sus dirigentes, se institucionalizó conformando un sistema republicano. La tercera, que empezó con las revueltas de los de abajo con un liderazgo centralizado, tuvo una deriva autoritaria una vez que se destruyó al imperio zarista y se empezó a imponer el totalitarismo soviético. En este sentido, Arendt pone el acento en la participación civil y política plural a la hora de tomar decisiones que constituyan mediante acciones e instituciones un sistema democrático republicano.

Schmitt, por su lado, plantea que la violencia es indiscernible, en la práctica, del poder. La revolución destruye un orden político e instaura uno nuevo. La política consiste en la distinción amigo-enemigo. El poder se centra en la decisión del soberano en un contexto de estado de excepción que es fundacional de un orden político. El filósofo alemán lo piensa en el contexto moderno-contemporáneo desde los inicios del sistema de Westfalia pasando por los procesos revolucionarios dieciochescos y decimonónicos hasta llegar al siglo XX, atravesando los grandes acontecimientos bélicos de alcance mundial, la revolución bolchevique, la china, la cubana. La violencia no sólo es trasversal a estos hechos, también es constitutiva. El monopolio legítimo de su uso lo detenta y ejerce el estado. Tanto la violencia como la guerra no pueden eliminarse por completo y están permanentemente latentes en lo político que, a lo sumo, en determinados contextos puede contenerlas. El criterio conceptual amigo-enemigo no sólo es político, es también existencial. Uno y otro cobran existencia en la lucha que puede, o no, ser a muerte. En este sentido, para Schmitt la decisión del soberano es la última palabra en un estado excepcional, sea una guerra o una revolución atravesadas por la violencia que es inseparable de cada una. La fundación de un orden político está más allá del modo o de los modos en que se lo instituye.

Con respecto al conflicto entre Estados Unidos y Venezuela como uno que está en curso en la realidad política internacional, algo que puede sonar obvio es que se trata de una disputa internacional que, por un lado, da cuenta de una suerte de “guerra fría” versión siglo XXI entre Estados Unidos y China en clave geopolítica para ver cuál de las dos grandes potencias ocupa más espacios en Latinoamérica. Esto, visto en un sentido general. Si lo vemos más particularmente, Venezuela, por un lado, es uno de los países con mayores reservas de petróleo del mundo y, por otro, es una puerta de entrada a la mayor parte de la región, la subregión sudamericana, que destaca en lo internacional por su riqueza en recursos estratégicos (petróleo, gas tanto convencional como no convencional, litio, agua dulce, alimentos, etc.).

Puntualmente en el conflicto entre el gigante del norte occidental y el país sudamericano rico en recursos, el primero todavía despliega una política exterior de tipo imperial que acusa al gobierno de Venezuela de “narcoterrorista” y hasta antes del secuestro del presidente Nicolás Maduro fue bombardeando barcos que consideraba sospechosos de narcotráfico y de pertenecer a la “dictadura chavista”. Por su parte, Venezuela continúa con su revolución bolivariana a pesar de los golpes asestados por una forma de imperialismo de pasado en copa nueva que ya no puede sostener lo que en el siglo XX fue la “Pax Americana”, y que actualmente es mera retórica. La administración Trump busca desestabilizar al gobierno venezolano a ver si logra derrocarlo e instaurar uno que juegue en favor de sus intereses y así controlar y manejar los circuitos por donde circula el petróleo, y para recuperar la hegemonía en Sudamérica que hoy en día la disputa en una especie de “guerra fría” contra el gigante asiático.

Volviendo a Arendt y Schmitt, los términos que estos usaron para estudiar acontecimientos políticos de índole internacional en el siglo pasado todavía tienen vigencia para pensar el conflicto del que hablamos.

Arendt, Schmitt y el conflicto entre Estados Unidos y Venezuela

En su texto titulado “Sobre la violencia” (2013), Arendt dice que “la violencia es, por naturaleza, instrumental; como todos los medios, siempre precisa de una guía y una justificación hasta lograr el fin que persigue.” La violencia entra en acción cuando el poder se debilita o decae. Poder y violencia no necesariamente son dos caras de una misma moneda. “La violencia (…) no depende del número o de las opiniones, sino de los instrumentos, y los instrumentos de la violencia (…) al igual que todas las herramientas, aumentan y multiplican la potencia humana.” Una gran potencia mundial en lo geopolítico y militar como Estados Unidos hace uso de la violencia, como decíamos, a la hora de desplegar su poderío militar-armamentístico y atacar con sus armas a barcos que navegan en aguas del Caribe y a los que los tilda de narcoterroristas y de ser manejados por el gobierno de Maduro. La Venezuela de la revolución bolivariana es un enemigo, en sentido schmittiano, del gobierno de Estados Unidos. Como expresamos, para Schmitt el criterio que hace a la política es la distinción amigo-enemigo. “Lo que esta proporciona no es desde luego una definición exhaustiva de lo político, ni una descripción de su contenido, pero sí una determinación de su concepto en el sentido de un criterio.” La Venezuela de la revolución bolivariana, primero con la conducción de Chávez y luego con la de Maduro, en cuanto enemigo del estado estadounidense, atravesó tanto administraciones republicanas como demócratas hasta llegar a la actual presidida por Trump.

La retórica del estado estadounidense, transversal a sus gobiernos, de defender la democracia y la libertad en el mundo, no deja exenta a la Venezuela de la revolución bolivariana a la que desde sus inicios tildan de dictadura. El decisionismo soberano del estado del gigante del norte occidental con respecto a Venezuela nos recuerda al planteo schmittiano de que “soberano es quien decide sobre el estado de excepción.” El país del norte de Sudamérica es una suerte de Estado excepcional para la gran potencia mundial de Occidente que intenta actualmente, mediante la discursividad agresiva del gobierno trumpista y los ataques armados a barcos que navegan cerca de Venezuela, decidir de modo soberano interviniendo en asuntos de la política interna venezolana con la finalidad de terminar con el gobierno bolivariano.

La revolución que inició Chávez y que ya lleva más de 25 años de historia aún se mantiene en pie a pesar de las agresiones de la política exterior de Estados Unidos. Esta revolución heredera de otras tanto de Latinoamérica como de otras partes del mundo, fundó, en sentido arendtiano, en base a la participación civil y política, una democracia pluralista. Siguiendo a Arendt, una revolución se hace en pos de la libertad, la hacen los hombres que luchan por liberarse del yugo de una tiranía o un despotismo revelándose contra este hasta derribarlo para fundar entre iguales un sistema político de participación republicana democrática. La revolución bolivariana se hizo contra un modelo político venezolano sumiso a los intereses estadounidenses y contra la injerencia imperialista de la política exterior estadounidense en asuntos internos del país latinoamericano, y en favor de la autonomía soberana del pueblo venezolano. En esto se funda esta revolución. Al decir de José Luis de Oliveira “el tema de la fundación (…) tiene en el fenómeno de las revoluciones su propia expresión, que, por sí sólo, se constituye como la propia instauración de lo nuevo.”

Conclusión

En lo que va de este cuarto de siglo, la violencia, las guerras, el poder y la política siguen tan presentes como en el pasado siglo. El siglo XX suena a siglo largo y este XXI en curso a extensión o apéndice del XX. Los conceptos que usamos de Arendt y de Schmitt tienen vigencia a la hora de pensar distintos conflictos internacionales, en particular el conflicto actual, en desarrollo entre Estados Unidos y Venezuela, que continúa hasta la fecha, y por lo pronto no tiene fecha de caducidad. La retórica en favor de la paz que pregona Trump ante conflictos bélicos como la guerra de Rusia y Ucrania, la paz en Oriente Medio y en algunas zonas de Oriente no la tiene para con Venezuela. Con este país latinoamericano no busca precisamente la paz y sigue amenazando con más sanciones a Caracas. El discurso en pos de la paz que lleva adelante la administración Trump es “selectivo”. No se aplica a Venezuela. Este conflicto internacional se mantiene y continúa.

(*) El autor es Profesor en Filosofía y Magister en Relaciones Internacionales, egresado de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Es Magister en Relaciones Internacionales, egresado de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Asesor del Senado de la Nación, formó parte de grupos de investigación en Filosofía contemporánea y en Asuntos internacionales haciendo foco en política latinoamericana.

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