Irán: el relato imperial y la memoria que resiste

Lecturas para entender la historia iraní despojados de la narrativa occidental.

En estos días en que el nombre de Irán resuena de manera obsesiva en los medios de comunicación —repetido, deformado, simplificado— conviene detenerse. Porque cuando se habla tanto, casi siempre se comprende poco. Y porque lo que circula no es información: es construcción ideológica.

Para la hegemonía imperial estadounidense, Irán funciona como encarnación del “mal mayor”, una pieza útil dentro de un relato que necesita enemigos permanentes. Pero esa narrativa ignora —o decide ignorar— que el mundo persa atraviesa uno de sus momentos espirituales más significativos: el Ramadán. Un tiempo de introspección, ayuno y disciplina interior que nada tiene que ver con la caricatura belicista que se exporta hacia Occidente. Tal vez convenga empezar por el principio. No por la versión mediática, sino por la estructura histórica y espiritual que sostiene a ese pueblo desde hace siglos. Porque lo que Occidente ha construido sobre Medio Oriente no es conocimiento: es una pedagogía de la ignorancia. Se nos enseña a mirar sin entender. A reducir complejidades milenarias a supuestas “rivalidades religiosas” que —según ese relato— sólo podrían resolverse mediante la guerra. Esa lectura no es ingenua. Es funcional. Lo que sí existe —y eso resulta más incómodo— es una tradición de resistencia difícil de quebrar. Una ética forjada en la adversidad, que no se explica desde los titulares, sino desde una genealogía espiritual que remite a Muhammad, el profeta del islam. Allí no hay espectáculo mediático: hay memoria, comunidad y una concepción del mundo que excede por completo la lógica imperial que pretende clasificar. Y quizás ese sea el verdadero problema.

Karbala: el origen del shiismo y la política del martirio

Cuando el profeta Muhammad murió en el año 632, la comunidad musulmana enfrentó una pregunta decisiva: ¿quién debía sucederlo? No había un mecanismo institucional definido y la disputa no tardó en dividir al naciente mundo islámico. Un sector sostuvo que el liderazgo debía surgir del consenso entre los notables de la comunidad. De esa postura nacería el sunnismo. Otro grupo defendió que la autoridad debía permanecer en la familia del Profeta, especialmente en su primo y yerno Ali. Esa facción sería conocida como la shi‘at Ali —el partido de Ali—, origen del shiismo.

Durante décadas, la disputa fue tanto política como militar. Tras el asesinato de Ali en 661, el poder quedó en manos de Muawiya I, gobernador de Siria, quien fundó la dinastía omeya. Con él comenzó la transformación del califato en una monarquía hereditaria. El punto de quiebre llegó en 680. A la muerte de Muawiya, su hijo Yazid asumió el poder y exigió juramentos de lealtad en todo el territorio islámico. El nieto del Profeta, Husayn ibn Ali, se negó. Para sus seguidores, aceptar implicaba legitimar una autoridad considerada injusta. Invitado por simpatizantes en Kufa, Husayn emprendió viaje desde La Meca acompañado por familiares y un pequeño grupo de partidarios. Pero el apoyo prometido se evaporó ante la presión del gobernador omeya. El 10 de Muharram del año 680, en la llanura de Karbala —actual Irak—, el grupo de Husayn fue rodeado por tropas omeyas muy superiores en número. El resultado fue una masacre. Husayn y sus seguidores fueron asesinados. El episodio, conocido como la batalla de Karbala, se convirtió en el núcleo simbólico del Shiísmo . Para los Shiítas, Karbala no es solo un hecho histórico, es un paradigma moral: la resistencia del justo frente al poder ilegítimo. El martirio de Husayn encarna la idea de que la justicia puede exigir el sacrificio extremo. Cada año, durante la conmemoración de la Ashura, millones de fieles recuerdan ese acontecimiento no como pasado remoto, sino como herida viva. Esa memoria moldeó una visión política particular: ningún poder es plenamente legítimo si no encarna justicia. Siglos más tarde, esa misma narrativa sería reactivada en Irán durante la Revolución Islámica de 1979, cuando la oposición al Sha recurrió al lenguaje simbólico de Karbala para denunciar la opresión. Karbala, entonces, no pertenece sólo al siglo VII. Sigue siendo una referencia central para comprender la política del Medio Oriente contemporáneo.

La conformación histórica del shiismo y la construcción del Estado iraní

La comprensión de la dinastía del Sha en el siglo XX exige remontarse a un proceso histórico de larga duración en el que religión, poder político e identidad nacional se entrelazan de manera estructural. El primer punto de inflexión se sitúa en el año 680, con la muerte de Husayn ibn Ali en la batalla de Karbala frente al poder del Califato omeya. Este acontecimiento no sólo consolidó la escisión entre sunníes y Shiítas sino que otorgó al Shiísmo una identidad marcada por el martirio, la resistencia frente al poder considerado ilegítimo y la centralidad de la justicia como principio político-religioso. Desde entonces, la memoria de Karbala constituye un núcleo simbólico fundamental de la cultura política Shiísta. Tras la caída de los omeyas y el ascenso del Califato abbasí, el Shiísmo permaneció como corriente minoritaria dentro del mundo islámico. Durante los siglos VIII al XV desarrolló su arquitectura doctrinal, especialmente la teología del Imamato y la doctrina del Imam oculto, consolidando el Shiísmo duodecimano. En este período se fortalecieron las redes de eruditos religiosos, configurando una autoridad autónoma respecto del poder político dominante, que continuaba siendo mayoritariamente sunní. No obstante, Irán aún no se había constituido oficialmente como Estado Shiísta. El giro decisivo se produjo en 1501 con la llegada al poder de Ismail I y la fundación del Imperio safávidas. El nuevo Estado declaró al Shiísmo duodecimano como religión oficial del Imperio Persa, institucionalizando el clero y estableciendo una diferenciación política y religiosa frente al Imperio otomano. A partir de este momento, la identidad iraní y el Shiísmo quedaron profundamente entrelazados, lo cual constituyó un rasgo distintivo en el mapa islámico. Durante los siglos XVIII y XIX, tras la caída safávida y bajo la dinastía Qajar, el Estado iraní experimentó un progresivo debilitamiento. La competencia geopolítica entre Rusia y el Reino Unido derivó en concesiones económicas y pérdida de soberanía. En este contexto, el clero shiita consolidó su prestigio como defensor de la comunidad frente a la penetración extranjera, fortaleciendo su rol como actor político nacional.

La modernización como devastación: la dinastía Pahlavi y la violencia contra el alma de Irán

La Revolución Constitucional Iraní (1906) marcó un nuevo hito al limitar el poder monárquico e instituir el Majlis (parlamento). En ese proceso confluyeron comerciantes del bazar, intelectuales modernizadores y sectores del clero shiita, inaugurando una tradición política que articuló religión, constitucionalismo y nacionalismo como forma de resistencia frente al despotismo. Este entramado histórico permite comprender el escenario en el que, en 1925, Reza Shah Pahlavi fundó la dinastía Pahlavi mediante la instauración de un régimen autoritario que impuso su proyecto de modernización a través de la coerción, la censura y la represión sistemática. Bajo la retórica del progreso, se desplegó una maquinaria estatal orientada a centralizar el poder, desarticular autonomías locales y reducir drásticamente la influencia del erudito. El nacionalismo persa secular que proclamaba no fue un proceso orgánico, sino una ingeniería política impuesta desde arriba, que fracturó tejidos sociales y culturales profundamente arraigados.

Su sucesor, Mohammad Reza Pahlavi, profundizó esta deriva autoritaria. La modernización se transformó en occidentalización forzada; el desarrollo, en dependencia estructural. La represión alcanzó niveles cada vez más violentos: persecución de opositores, encarcelamiento de religiosos, clausura de espacios educativos tradicionales y hostigamiento constante al centro teológico de Qom. Figuras como Ruhollah Jomeini fueron encarceladas y luego empujadas al exilio. La dinastía no solo gobernó: disciplinó, castigó y silenció.

En nombre del progreso, colonizó simbólicamente una cultura milenaria, erosionando las bases del Shiísmo como matriz identitaria y política. Detrás del discurso modernizador operó una inserción subordinada en el orden global, que debilitó industrias nacionales, consolidó élites vinculadas al poder y amplió de manera obscena la brecha entre una minoría beneficiada y grandes masas marginadas. El consumo suntuario y la espectacularización del poder contrastaron con la pobreza creciente y la exclusión estructural. El resultado fue un país modernizado en apariencia, pero socialmente fracturado y políticamente asfixiado. En síntesis, la dinastía del Sha no constituye un fenómeno aislado, sino la expresión extrema de una tensión histórica entre modernización estatal, soberanía nacional e identidad religiosa, cuyas raíces se remontan a la tragedia de Batalla de Karbala y a la consolidación del shiismo como núcleo de resistencia en Irán. La violencia acumulada durante décadas no fue un accidente del proceso modernizador: fue su condición de posibilidad.

1979: Revolución, soberanía y proyección global

En febrero de 1979 se consumó la Revolución Islámica, iniciada con las grandes protestas de 1978 y consolidada tras el regreso del ayatolá Ruhollah Jomeini a Teherán el 1 de febrero de 1979, luego de quince años de exilio. Diez días más tarde, el 11 de febrero, colapsó definitivamente el régimen del Sha. El 1° de abril de 1979, tras el referéndum del 30 y 31 de marzo, se proclamó oficialmente la República Islámica de Irán. Aquel proceso puso fin a la dinastía Pahlavi e inauguró una nueva arquitectura política en Medio Oriente.

En ese contexto, Jomeini declaró que la revolución confrontaba la arrogancia de los poderes opresores en todo el mundo. En ese grito —lejano e incomprendido por buena parte de Occidente— resonaban palabras que muchos prefirieron no escuchar. Mientras tanto, en los años setenta, en el Cono Sur, el Plan Cóndor articulaba a las dictaduras militares de la región en una maquinaria coordinada de persecución: secuestros, torturas, desapariciones forzadas y apropiación de niños. La simultaneidad histórica resulta elocuente: mientras un pueblo derrocó a un monarca sostenido por potencias extranjeras, en América Latina se consolidaron regímenes respaldados por esas mismas lógicas geopolíticas. Lo que comenzó como un levantamiento nacional contra la dominación extranjera y la tiranía interna evolucionó —a lo largo de 1978 y 1979— hacia un movimiento ideológico y espiritual cuya influencia trascendió rápidamente las fronteras iraníes.

La palabra “espiritual”, hoy trivializada y asociada al mercado de la autoayuda, significó entonces transformación material: alterar las estructuras del poder, derribar un sistema, enfrentarse a un imperialismo que había intentado implantar un modelo occidentalizado en el corazón del islam. La nueva Constitución consagra estos principios y formaliza la estructura de la República Islámica, incluyendo la noción de apoyo a las “luchas justas” de los pueblos oprimidos. Jomeini afirmó: “Debemos esforzarnos por exportar nuestra revolución al mundo…”, definiendo así una proyección internacional que excedía la política interna y se proponía disputar el orden global. En este período, Irán no sólo atravesó una transición de régimen: vivió una reconfiguración radical de su identidad política. La revolución dejó de ser un acontecimiento estrictamente nacional para convertirse en un actor ideológico de alcance internacional, marcando una ruptura que persiste hasta nuestros días, y continúa modelando los equilibrios y conflictos de la región.

Silvina Pachelo colabora en Página/12, La Tinta, Cohete a la Luna, El Planeta Urbano, Caras y Caretas, Fondo de Cultura Económica, CGTN, CCTV+ (China) y Tehran Times (Irán). Dirige la editorial y librería Accattone Libros.

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