La Argentina, un laboratorio a toda velocidad

Balance de 5 meses en el poder de un estrafalario expanelista de tv en un país en shock.

Cada vez que Javier Milei se sube a un atril fuerza la voz para que suene como un rugido. “Hola a todos, yo soy el león”, vocifera entonces. Esas siete palabras forman parte de una canción de la banda de rock La Renga, pero también es su presentación, un ritual que repite aunque cambien las locaciones. Y los escenarios pueden ser el Palacio de Vistalegre de Madrid, el Hotel Alvear del barrio porteño de Recoleta, en Buenos Aires, o el centro de convenciones National Harbor de Maryland, Estados Unidos. Entre provocaciones y definiciones identitarias, Milei siempre deja espacio para el show. Y apenas se baja de la tarima, se encarga de chequear métricas de clicks, likes y reposteos. Milei quiere ser una personalidad global. Lo está consiguiendo. 

Su búsqueda de popularidad es un objetivo de su construcción de poder y para eso explota sus singularidades, rasgos disruptivos, hasta patológicos. En su percepción, la superioridad estética del liberalismo tiene una muestra capilar en su cabellera despeinada. En sus reiterados viajes por el mundo, sus excentricidades divierten y generan curiosidad. Le garantizan menciones en las redes sociales: la devoción por “los hijos de cuatro patas”; la saga del perro Conan; el hostigamiento que sufrió en la secundaria; la apelación al ataque personal y a la burla cuando está al micrófono; la soledad abismal que narran sus biografías, autorizadas o no.

El hombre común que sufrió bullying quiere ser aceptado como ideólogo de la ultraderecha global. Le está resultando. Antes de su mensaje en la convención del partido neofranquista Vox, la publicación española Mongolia lo retrató en su portada vestido como el fallecido general José Millán-Astray, famoso por su parche en el ojo derecho producto de un disparo en Marruecos. La revista acompañó esa ilustración, en la que Milei portaba un pin de las Malvinas como si fueran las Falklands, con un estilete irónico sobre la inmigración de estas latitudes: «Antes los argentinos nos mandaban psicólogos, ahora ya nos mandan directamente a los locos.»

Milei está convencido de que se está convirtiendo en el adalid de la defensa de la libertad y de Occidente más allá de las fronteras, que él “juega en otra liga” que el resto de los “políticos argentos, que son berretas”, según declaró en una entrevista con Jonatan Viale para la señal de cable Todo Noticias del Grupo Clarín. Y en tren de cumplir ese objetivo, Milei ya realizó ocho viajes al exterior. Desde su triunfo en el balotaje viajó a Nueva York para conocer la tumba de un rabino del movimiento judío ortodoxo Jabad Lubavitch (27 de noviembre); a la ciudad suiza de Davos para hacer un discurso ante los mega-ricos del mundo (15 de enero); a Israel para visitar el muro de los Lamentos y el kibutz que fueron atacados por Hamas (6 de febrero); a Roma para ser recibido por el papa Francisco (9 de febrero, en una escala del viaje anterior); a Estados Unidos para participar de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), convención republicana en la que se abrazó con Donald Trump (23 de febrero), y otra vez a EE.UU. (Miami y Austin, Texas), por una distinción de la Jabad Lubavitch y una visita a la empresa Tesla, de Elon Musk (10 de abril). 

La saga de vuelos internacionales sumó más millas con un tercer viaje a EE.UU. –esta vez a Los Ángeles–, por una invitación al Instituto Milken más un nuevo encuentro con el sudafricano estadounidense Musk (6 de mayo), y finalmente con la reciente estadía en Madrid, donde desencadenó un conflicto diplomático entre Argentina y España tras su discurso en “Europa Viva 2024”, el acto de la derecha europea organizado por el partido falangista Vox que encabeza Santiago Abascal.

A su regreso del viaje a Madrid, Milei se jactó del impacto internacional que  atribuye a su figura (“a donde yo voy, genero un terremoto”, se pavoneó), pero en el comité de bienvenida lo esperaban números incómodos. 

Cifras de la economía que marcan un deterioro con una recesión que navega viento en popa hacia el iceberg de la depresión: cierre de 274.311 cuentas sueldo por caída del empleo (datos oficiales del Banco Central) ; disminución interanual de la actividad metalúrgica en 19,5% en abril, de acuerdo a la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina; descenso de la producción industrial manufacturera de 21,2% respecto a 2023 y derrumbe de la construcción en 42,2% en marzo en comparación con el año anterior, en estos dos casos según estadísticas del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, Indec.

Además, los números de la radiografía económica muestran la continuidad de un ajuste de proporciones dramáticas sobre las jubilaciones y pensiones mientras se hunden las transferencias a las provincias (totalizan 246.332 millones de pesos en enero-abril de 2024, apenas un tercio de lo transferido en el mismo período de 2023 según un estudio del economista Horacio Rovelli realizado en base a información de la Secretaría de Hacienda). La postal se completa con una suba relevante del dólar ilegal durante dos días consecutivos.

Lo que está en marcha es –se sabe, se siente– un ajuste estructural con su correlato en la multiplicación de la pobreza y la indigencia. En abril, los últimos datos de la canasta básica total y la canasta básica alimentaria –pisos de ingresos requeridos para no traspasar los umbrales de la pobreza y la indigencia– alcanzaron los 828.158 pesos (sin contar un posible alquiler) y 373.054 pesos para una familia de cuatro integrantes, respectivamente.

El inventario de los indicadores económicos y sociales –catastróficos, salvo en acumulación de reservas– coexiste con una serie de narrativas híper-liberales que se promueven desde el Estado y desde el sistema satelital de medios. Desde ese diagnóstico, la Argentina “libertaria” puede leerse como un laboratorio en el que se combinan la filosofía política del aceleracionismo en su versión de derecha con la estructuración de un modelo que busca demoler las últimas ruinas del Estado de Bienestar. 

Panic Show

La corriente del aceleracionismo –busquen a Nick Land– propone agudizar la desnacionalización de las fuerzas productivas: aprovechar el boom digital para que toda la sociedad se subordine sin ataduras a la asignación de recursos según las prioridades del mercado. En sintonía, Milei somete a la población argentina a un experimento neoliberal extremo que pretende reformatear las relaciones humanas a través de la aplicación de la tecnología y de un individualismo exacerbado. Son experimentos que requieren de la crueldad necesaria.

Mientras se destierra el valor de la compasión y se desacredita a la justicia social como un concepto “aberrante”, se ensaya un clima de época que ensalza a los más aptos. Algunos sobrevivirán, el resto merece su destino. Un tiempo de confusión, dolor y gente descartada, como los que deambulaban en los subtes de Moscú tras la reconversión a velocidad turbo de la URSS al capitalismo de mercado en tiempos del buen bebedor de Boris Yeltsin. Una Rusia diferente emergía mientras los “rotos” atenuaban sus sentidos con las borracheras zapoi de tres días, como cuenta el escritor francés Emmanuel Carrère en la inolvidable biografía Limónov

Los costos están claros, pero hay quienes se preguntan si lo que saldrá del quirófano no tendrá, al final del camino, algunos beneficios: una “macro” equilibrada, un Estado más eficiente y pequeño, una sociedad menos plebeya y más dócil tras aplicarle la doctrina del shock. ¿Se pueden comparar los primeros cinco meses de Milei en la Argentina con los planes de estabilización anti-inflacionarios que se implementaron en Israel en 1985, durante el gobierno de Shimon Peres, o de Brasil de 1993, con Itamar Franco y Fernando Henrique Cardoso como ministro de Hacienda? 

En respuesta a esa incógnita, el economista Arnaldo Bocco advierte que lo que está haciendo Milei no puede catalogarse de ningún modo como un plan de estabilización. “Un plan de estabilización es un acuerdo en el cual se suben los salarios, se facilita un proceso acotado y limitado de suba de precios, congelás y devaluás. En la Argentina no tenemos eso para nada: es un programa que descansa en el ajuste de las cuentas públicas y en la reestructuración de deuda interna y externa. Un plan con anclaje fiscal, baja del gasto y una visión ultra-ultra monetarista”, replica Bocco, exdirector del BCRA, hoy consultor.

Para Bocco, el plan que lleva adelante el ministro de Economía de Milei, Luis Caputo, responde a una plataforma diseñada hace tres años por “un conjunto de las corporaciones argentinas” que tiene como objetivo –resume- “estructurar un modelo que desmonte cualquier posibilidad de desarrollo independiente vía sustitución de importaciones”. 

La Argentina podría, según esa hipótesis, concentrarse en su faceta primaria-exportadora. 

Dicho en otras palabras, lo que está en el horizonte es el famoso capitalismo extractivista sin agregación de valor ni fomento a otras actividades como la industria, la construcción o la economía del conocimiento. Tampoco se prevé un rol para la distribución del ingreso que recupere el mito de la movilidad social ascendente. “El esquema está preparado para que la cúspide del 20, 25 o 30 por ciento de la sociedad se quede con el 80 por ciento del ingreso del país y el resto viva bajo condiciones muy miserables”, alerta Bocco.

Otra visión sobre el experimento refundacional de Milei es la que propone el sociólogo, investigador y miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos Daniel Feierstein. Especialista en prácticas sociales genocidas, el académico afirma que es necesario profundizar sobre el “nuevo tipo de subjetividad” que acompaña las ideas anarco-capitalistas de demolición de lo público. 

Feierstein plantea que esa nueva forma de ser, estar y vincularse en la Argentina libertaria “exalta la individualidad hasta su extremo paroxístico”. Con esa capacidad para desentenderse de los otros, el sujeto híper-individualista “legitima el derecho del más fuerte en su versión más extrema”. Pero aparte de sustraerse de lo colectivo, la nueva subjetividad implica –agrega Feierstein– “un cuestionamiento, en algunos casos comprensible, a los problemas del progresismo actual, tanto a nivel internacional como en nuestro país”. 

El investigador del CONICET y autor del libro La construcción del enano fascista. Los usos del odio como estrategia política en Argentina sostiene que la irrupción de las nuevas derechas se explica, entre otros factores, por “la incapacidad del progresismo para interpelar a los distintos sectores de la población”. “Yo lo venía señalando desde hace muchos años: la crisis se estaba generando con un discurso (del progresismo) cada vez más cerrado sobre sí mismo y menos vinculado a resolver necesidades sociales”, asegura. 

Tanto con análisis económicos o con hipótesis que ponen la lupa en las subjetividades, un dato es incontrastable: el outsider reorganizó el sistema político y consolidó una nueva polarización que se hará visible en las elecciones parlamentarias del año próximo. 

Si en materia política emerge esa fractura, en relación a las condiciones de vida la población activa convive desde hace años con la fragmentación: por un lado, la masa sindicalizada del empleo registrado, con paritarias y aguinaldos; por otro, quienes se agrupan en cooperativas de trabajo vinculados a organizaciones sociales; y finalmente una franja de los que emprenden tareas de modo individual –usualmente servicios a través de una app– en el llamado capitalismo de plataformas.

Son las postales del nuevo laboratorio que, en Argentina, encabeza Javier Milei.

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