La minería en aguas profundas: el peligro de la depredación ignorante

Se acelera sin control una actividad cuyo poder destructivo es impredecible.

“Argentina está mostrando al mundo el poder de la exploración de las profundidades marinas, no solo para despertar el asombro, sino también para recordarnos cuánto queda por descubrir y proteger en nuestro planeta”, afirmaba Wendy Schmitt, cofundadora y presidenta del Schmidt Ocean Institute, al finalizar la expedición de 21 días que esta institución llevó a cabo junto al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) el pasado 11 de agosto de 2025.

No solo los científicos lograron descubrir40 nuevas especies marinas, sino que despertaron un interés sin precedentes en la sociedad: su transmisión en vivo de los hallazgos  alcanzó casi 18 millones de visualizaciones en Youtube y Twitch, en muchos casos superando los 70.000 espectadores en simultáneo.

Actualmente el fondo del océano es un territorio menos explorado que la luna. Daniel Lauretta, jefe de la expedición del CONICET, explicó que la dificultad recae en que estas zonas “no son posibles de visualizar desde el aire con imágenes satelitales o drones. Sí o sí requerimos el uso de barcos e instrumentos como el ROV, que nos permitió ver la fauna viva in situ y su distribución. El océano profundo es un lugar inmenso”.

Ahora bien, el problema recae en que, mientras la ciencia recién está comenzando a comprender las características y especies que habitan este ecosistema, la carrera extractivista por los recursos que puede llegar a haber en la zona ya empezó, y se está acelerando. El 24 de abril de 2025, unos meses antes de que en Argentina quedemos maravillados al ver una “estrella culona», Donald Trump emitía una orden ejecutiva para acelerar la minería en aguas profundas, tanto estadounidenses como internacionales.

¿Qué es la minería en aguas profundas, o minería submarina? Una industria que busca extraer del suelo marítimo minerales críticos para la elaboración de productos tecnológicos. Un estudio de Aaron B. Judah, Christopher G. Mull, Nicholas K. Dulvy, Brittany Finucci, Victoria E. Assad y Jeffrey C. fue publicado en la revista científica Current Biology con el título “Riesgos de la minería en aguas profundas para tiburones, rayas y quimeras”. Allí se establece que estas actividades “plantean una amenaza grave y novedosa para la biodiversidad” y, si bien se han realizado evaluaciones, estas se han visto obstaculizadas por una falta de conocimiento como, por ejemplo, cuáles son los posibles impactos que la actividad podría tener sobre la megafauna marina.

La paradoja es que el aumento en la demanda de estos minerales se explica por el contexto de transición energética a nivel global: su extracción serviría para fabricar productos de bajas emisiones de gases de efecto invernadero como, por ejemplo, autos eléctricos. La pregunta que debemos hacernos entonces es ¿cuál es el precio a pagar por la transición energética? ¿Es realmente una transición justa si perpetuamos las mismas lógicas extractivistas que nos trajeron hasta acá?

Con estos interrogantes en mente, proponemos repasar qué conocemos sobre nuestros océanos y sus suelos hasta el momento, qué implicancias podría tener la minería submarina según la ciencia y cuál es el marco internacional existente para su regulación. Porque lo que no se conoce, no se protege.

Mirar hacia abajo ¿Qué sabemos de nuestros océanos?

En “Los ecosistemas marinos”, José Rubén Lara-Lara y otros autores determinaron que el 70.8% de la superficie del planeta está cubierta por mares y océanos, de los cuales solo hemos logrado explorar el 0,001%. El mayor ecosistema que albergan son justamente las profundidades marinas: “cerca del 50% de la superficie de nuestro planeta se encuentra por debajo de los 3.000 metros de profundidad”, siendo ya considerado como fondo marino “profundo” a partir de los 200 metros, tal como lo establecieron Eva Ramírez Llodra y

David S. M. Billett en “Ecosistemas de las profundidades marinas: reservorio privilegiado de la biodiversidad y desafíos tecnológicos”, publicado en “La exploración de la biodiversidad marina”. Como mencionaba Lauretta, es justamente por las dificultades tecnológicas que supone su exploración que aún sigue siendo uno de los ecosistemas más desconocidos del planeta.

Estas zonas, únicas y altamente sensibles, son hábitat de una gran variedad de vida que no se encuentra en otras partes del planeta. La fundación ambiental WWF explica que:

“Su singularidad radica en los minerales, que son esenciales en los ecosistemas de aguas profundas, ya que, ante la falta de luz, estos microorganismos usan la energía de las reacciones químicas para absorber carbono y formar compuestos orgánicos.  Estos procesos son claves en la cadena alimenticia de todo el ecosistema marino e influyen en la capacidad de los océanos para circular nutrientes, balancear las concentraciones químicas y absorber dióxido de carbono de la atmósfera. Son, por tanto, ecosistemas clave para la mitigación del cambio climático y cuyo papel sólo ahora empieza a ser conocido”.

Un reporte realizado por el grupo científico encabezado por Judah para evaluar los riesgos de la minería en aguas profundas identifica tres tipos de minerales primarios: los nódulos polimetálicos —foco principal de la minería—, los sulfuros polimetálicos y las costras ferromanganésicas ricas en cobalto. El descubrimiento de estos minerales data de 1873, durante la primera expedición científica para explorar los océanos del mundo. Pero no fue hasta un siglo después que se despertó el interés económico, especialmente por los nódulos polimetálicos, por parte de las grandes potencias —Alemania, Estados Unidos, Canadá, Japón, Francia, Bélgica e Italia, entre otros. Fue en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado cuando comenzaron a desarrollarse evaluaciones de recursos y tecnologías de extracción, principalmente en la zona Clarion-Clipperton, una de las zonas con mayor concentración de nódulos polimetálicos ubicada en el océano Pacífico. Lo curioso es que, a partir de la exploración en la zona, se han descubierto alrededor de 5.000 nuevas especies, antes desconocidas por la ciencia. Por lo tanto, estos ecosistemas todavía tienen mucho para enseñarnos. La pregunta es ¿cómo los protegemos?

Lo que podríamos perder sin haberlo comprendido

Las consecuencias de la minería submarina sobre estos ecosistemas ya han empezado a ser estudiadas por la ciencia. El primer consenso es claro: por más de que estos minerales puedan aportar a la transición energética, aún no existe una base de conocimiento lo suficientemente sólida para garantizar una explotación segura y sostenible con el entorno —si es que eso siquiera existe. Esto se confirma por la declaración firmada por más de 600 científicos y expertos marinos de más de 40 países pidiendo una moratoria sobre la minería en aguas profundas.

El equipo de Judah realizó su estudio enfocándose principalmente en las consecuencias que la actividad podría tener para los condrictios, una clase de vertebrados acuáticos entre los cuales se encuentran los tiburones, rayas y quimeras. Los autores identifican dos potenciales formas en las que la minería podría afectar a este grupo.

En primer lugar, a causa de las columnas de humo de los vehículos recolectores que descienden hasta 5.000 metros para recolectar nódulos polimetálicos del suelo marino. Esto implica un riesgo para las especies que depositan sus huevos allí y dependen de ello para su reproducción, como es el caso de los llamados “tiburones gato”, que lo hacen en corales de aguas profundas. Esto aumenta la preocupación por otros hábitats críticos, de los cuales puede todavía no haber conocimiento suficiente sobre el rol que juegan en la reproducción de especies y que, por lo tanto, podrían estar seriamente en riesgo.

La segunda forma en la que la minería estaría impactando en el ecosistema ocurre más cerca de la superficie, a partir de las columnas de descarga del barco minero. Todavía está en discusión cuál debería ser la profundidad de estas columnas, las cuales causarían dificultades respiratorias y una reducción de la visibilidad para la fauna marina. Esto no solo podría afectar fisiológicamente a muchos organismos, como las especies bioluminiscentes, sino que representaría especialmente un problema para los depredadores visuales los cuales verían reducida su capacidad de alimentarse.

En suma, los autores identifican 30 especies de condrictios cuyo hábitat se superpone con proyectos mineros, de las cuales dos tercios están en peligro de extinción. “La gestión preventiva de la minería en aguas profundas requiere evaluaciones de riesgos actualizadas, un sólido monitoreo de referencia, protecciones espaciales y límites a la profundidad de las columnas de descarga para salvaguardar a los tiburones, las rayas y las quimeras”.

Por otro lado, otro equipo, encabezado por Travis W. Washburn, en el artículo “Ecological risk assessment for deep-sea mining”, también parte de la base de que la gestión ambiental de la minería submarina es una disciplina muy incipiente, con muchos vacíos de conocimiento aún en cuanto a los potenciales riesgos ambientales e impactos para el ecosistema. Los autores proponen un método para evaluar los riesgos ambientales basado en encuestas a expertos y un enfoque de Escala-Intensidad-Consecuencia (SICA, por sus siglas en inglés, un método cualitativo utilizado para la evaluación de riesgos ecológicos en distintas actividades). A partir de esto, clasifican las fuentes de riesgo y las vulnerabilidades percibidas de los hábitats asociados con los recursos donde se lleva a cabo la minería.

¿El resultado? Los expertos identificaron con un alto grado de certeza hábitats con riesgo a desaparecer y otros altamente amenazados por las columnas de las máquinas mineras. Al igual que en el otro estudio mencionado, aún no se llega a un consenso sobre el riesgo de los diferentes tipos de columnas y su profundidad. Pero lo más relevante es que, incluso en aquellas medidas donde la vulnerabilidad del hábitat era baja, se identificaron vacíos de conocimiento, sugiriendo que los riesgos no pueden aún ser descartados.

¿Quién gobierna las profundidades? La carrera por el fondo del mar

Más allá de los riesgos ecológicos, los autores sugieren otro desafío, fundamental a la hora de abordar la cuestión minera y más aún para pensar la transición energética: la gobernanza marítima. “Gran parte de la actividad preparatoria para la minería comercial —como puede ser la exploración—  se lleva a cabo en aguas internacionales” explica Washburn. ¿Qué implica esto? Que ningún estado ejerce soberanía sobre ellos, y por lo tanto, nos pertenecen a todos. La Asamblea General de Naciones Unidas declaró que “los recursos minerales del fondo marino son ‘patrimonio común de la humanidad’ y deben aprovecharse en beneficio de la humanidad mediante la creación de un mecanismo internacional a tal fin”, explica Michael Lodge en “La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos y la explotación minera de los fondos marinos”. Ese mecanismo se consolidó con la creación de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, una de las tres instituciones establecidas por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM). Los países que desean llevar a cabo estas actividades deben obtener un permiso de la Autoridad, cuyo rol consiste en “regular la exploración y la explotación de los recursos minerales de los fondos marinos”.

Todos los países que son parte de la CNUDM están bajo el mandato de la Autoridad, la cual hasta el momento ha otorgado permisos de exploración —no explotación— a Alemania, China, Rusia, Francia, India, Japón, Corea del Sur y los países miembros de la Organización Conjunta Interoceanmetal (un consorcio formado por Bulgaria, Cuba, Eslovaquia, Rusia, Polonia y República Checa), además de las empresas patrocinadas por ellos. Estados Unidos no es parte de la Convención y, por lo tanto, tampoco responde a la Autoridad. Eso explica lo mencionado al comienzo sobre la orden ejecutiva firmada por Trump para acelerar la exploración y explotación de los suelos marinos para —tal como establece la orden— fortalecer su economía, asegurar su futuro energético y reducir la dependencia de proveedores extranjeros de minerales críticos. En otras palabras: continuar comprometiendo el futuro del planeta para alcanzar su propio beneficio y competir con China.

Esto nos lleva a retomar la pregunta que planteamos al principio: ¿es realmente una transición justa si perpetuamos las mismas lógicas extractivistas que nos trajeron hasta acá? A excepción de unos pocos países, quienes lideran la industria son las mismas potencias que poseen los mayores porcentajes históricos de emisiones de gases de efecto invernadero de la historia —siendo el primero de ellos Estados Unidos, que en esta última Administración parece estar jugando en un tablero paralelo al del derecho internacional. La explotación del suelo marítimo no solo tiene la capacidad de seguir dañando los equilibrios que sostienen la vida en nuestro planeta, sino que, además, sus minerales serían utilizados en la producción de productos manufacturados que luego desde el Sur Global no podemos costear, para intentar alcanzar un estilo de vida que ya ha demostrado ser insostenible. Porque una transición energética justa no consiste en que cada hogar de Estados Unidos o Inglaterra pase de tener tres autos con combustible a tres autos eléctricos. La lógica es utilizar menos el auto. Si no cambiamos eso, no van a alcanzar los 361 millones de kilómetros cuadrados del océano para abastecernos.

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