Mar del Sur de China: un escenario tensado por Estados Unidos

Entrevista a la experta filipina Anna Malindog-Uy.

Durante más de tres décadas la filipina Anna Malindog-Uy se ha enfocado en el Mar del Sur de China considerándolo “uno de los tres puntos más sensibles y persistentes de tensión en Asia-Pacífico”. En esta entrevista ofrece un amplio panorama sobre las tensiones entre Estados Unidos y China en todo el Océano Pacífico, con foco en el Mar del Sur de China y en la participación de Filipinas.

La carrera de Malindog-Uy abarca el ámbito académico, la política, la consultoría, los medios de comunicación y la sociedad civil, con investigaciones sobre las dinámicas políticas, estratégicas y económicas de la región Asia-Pacífico. Ha sido vicepresidenta de Asuntos Externos del Instituto de Estudios Estratégicos Filipinos del Siglo Asiático (ACPSSI), secretaría general de la Asociación para el Entendimiento Filipinas-China (APCU) y forma parte del think tank Institución de Gobernanza Global. Es columnista de The Manila Times y otros medios de comunicación.

— ¿Qué experiencias personales y académicas la llevaron a enfocarse en la relación Filipinas-China-EE.UU. en el Mar del Sur de China?

— El Mar del Sur de China (SCS) ha sido uno de los temas centrales a lo largo de mi vida académica. Ya como estudiante de grado y posgrado en Ciencia Política en la Universidad de Filipinas Diliman, comprendí desde temprano que el SCS era uno de los tres puntos más sensibles y persistentes de tensión en Asia-Pacífico. Durante décadas, académicos y responsables de políticas han insistido en que gestionar estas disputas de manera pacífica, diplomática y responsable es indispensable para evitar escaladas peligrosas entre los estados reclamantes. Esta perspectiva moldeó no sólo mis intereses académicos sino mi compromiso duradero con impulsar un discurso matizado y basado en evidencia sobre el tema. Mi orientación académica más amplia siempre ha involucrado la comparación política entre China y Estados Unidos, extendiéndose finalmente a la relación triangular Filipinas-China-Estados Unidos. Para una académica filipina, esto no es ni inusual ni incidental: es una trayectoria intelectual natural. China es nuestro vecino civilizatorio más cercano, un país con el que compartimos siglos de vínculos culturales y de pueblo a pueblo. Estados Unidos, por su parte, es un antiguo poder colonial y sigue siendo nuestro principal aliado militar bajo el Tratado de Defensa Mutua de 1951.

— En su carrera ha observado que Filipinas fue ganando un lugar en la tensión entre China y EE.UU.

— Hoy, mientras la rivalidad estratégica entre EE.UU. y China se intensifica, Filipinas se ha convertido en un escenario cada vez más crítico —algunos dirían el campo de batalla— de este pulso entre grandes potencias. Nuestra posición geopolítica, los tratados a los que estamos comprometidos y las decisiones cambiantes de política exterior tienen implicaciones profundas no sólo para la estabilidad regional, sino para la seguridad y el bienestar cotidiano de los filipinos. Por estas razones, para mí el estudio de las relaciones Filipinas-EE.UU.-China ya no es una cuestión puramente académica. Es una necesidad nacional. Los ciudadanos filipinos necesitan estar correctamente informados, con fundamentos analíticos y conciencia crítica de las fuerzas externas que configuran el entorno estratégico del país. Mi trabajo —que abarca ciencia política, estudios del desarrollo, relaciones internacionales y ahora economía— aspira precisamente a contribuir a esa comprensión más amplia: aportar claridad en medio del ruido, contexto en medio de la retórica y análisis sobrio en medio de las presiones de las grandes potencias que definen cada vez más nuestra región.

— ¿Qué transformaciones económicas, institucionales y militares han convertido el Mar del Sur de China en un punto de confrontación entre potencias?

— El SCS se volvió un foco de tensión no sólo por la geografía o por viejas disputas, sino porque convergieron tres grandes transformaciones: reestructuración económica, cambios y fallas institucionales, y reconfiguración militar. En conjunto, convirtieron un espacio marítimo periférico en un escenario central de rivalidad entre grandes potencias.

— ¿Cómo fueron esas transformaciones del Mar del Sur de China?

— Desde la década de 1990, el ascenso económico de China convirtió al SCS en un corredor crítico para su comercio e importaciones energéticas. Aproximadamente un tercio del transporte marítimo global pasa por esas aguas; para China, Japón, Corea del Sur y ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), es la principal línea vital de comercio marítimo. A medida que China pasó de ser un poder continental a uno orientado al dominio marítimo, redefinió el SCS de una vaga reclamación de “aguas históricas” a un interés nacional central, vinculado estrechamente a la legitimidad del régimen, la seguridad económica y el rejuvenecimiento nacional. Además, los recursos energéticos —algunos probados, muchos especulativos— se convirtieron en activos de seguridad energética, incluso si su valor económico real es menor que el simbolismo político que cargan. La sobreexplotación de las aguas costeras empujó a los Estados regionales y a las comunidades locales a mirar hacia afuera. La disminución de pesquerías y las preocupaciones de seguridad alimentaria hicieron que el control de las zonas de pesca se volviera políticamente sensible; los gobiernos recurrieron cada vez más a guardias costeras y milicias marítimas para afirmar sus reclamaciones.

La expansión de la “economía azul” elevó el valor estratégico de pequeños accidentes geográficos antes irrelevantes. Las redes de producción altamente integradas de Asia Oriental dependen del flujo marítimo por el SCS. Cualquier interrupción amenaza no sólo economías regionales sino mercados globales. Esto generó un espacio donde la interdependencia económica chocó con los temores de seguridad.

— ¿Qué cambios institucionales se han ido generando?

— La Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (UNCLOS) transformó los océanos en un espacio legal estructurado: mares territoriales, Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) y plataformas continentales. Esto dio a los estados costeros incentivos legales para formalizar y expandir sus reclamaciones. Las alianzas lideradas por EE.UU. y su sistema de “centro y radios”, junto con las operaciones de libertad de navegación (FONOPs), se presentan como defensas del orden basado en reglas. Desde la perspectiva china, estas alianzas e instituciones parecen una arquitectura de contención disfrazada de retórica liberal. Lo que Washington llama “estabilizador”, Beijing lo ve como provocador y cercador.

— ¿Y en el plano militar?

Desde finales de los 90, China transformó la Armada y la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación (EPL) en fuerzas modernas con capacidad de aguas profundas. El SCS es central en su estrategia de “defensa de mares cercanos / protección de mares lejanos”. Construyó islas artificiales con pistas, radares y sistemas misilísticos, ampliando la Guardia Costera y la milicia marítima. Estados Unidos, por su parte, intensificó su “pivote” hacia Asia, aumentando FONOPs (Freedom of Navigation Operations, Operaciones de Libertad de Navegación), despliegues rotacionales y ejercicios. Esto convirtió el SCS en un teatro donde fuerzas estadounidenses y chinas se siguen, vigilan y se envían señales. La ampliación de acuerdos de acceso estadounidense —como los sitios EDCA (Enhanced Defense Cooperation Agreement, Acuerdo de Cooperación Reforzada en Defensa) en Filipinas—, el creciente rol de Japón y la mayor participación de Australia convierten el SCS en un espacio de operaciones en red. El resultado de todo esto es un choque estructural donde centralidad económica, ambigüedad legal y modernización militar se combinan con nacionalismo y rivalidad de grandes potencias.

—¿Cuáles son las claves políticas y militares del plan estadounidense para atacar a China en el Pacífico?

— Estados Unidos no declara abiertamente un “plan para atacar a China”, pero posee planes de contingencia que revelan pilares estratégicos claros. Las claves políticas a considerar son la red de alianzas como columna vertebral estratégica, la narrativa del “orden basado en reglas”, que legitima su presencia militar; el impulso militar-industrial y política interna basada en la “amenaza china” y las herramientas económicas y tecnológicas (controles, sanciones, “desriesgo”).


— ¿Y específicamente las claves militares?

— Deben tenerse en cuenta el dominio marítimo y aéreo mediante submarinos, stealth, portaaviones y misiles, las dinámicas de primer golpe/contragolpe, altamente inestables y una estructura de fuerzas dentro/fuera, que convierte a territorios aliados en blancos. La estrategia también incluye la guerra informacional, cibernética y espacial y la disuasión nuclear como telón de fondo. En conjunto, esto crea un dilema de seguridad de alto riesgo.

¿Tiene la administración estadounidense una estrategia de largo plazo para la región, o actúa de forma reactiva y episódica?

— Ambas cosas. Existe un marco estratégico de largo plazo, pero la implementación es altamente reactiva, impulsada por crisis y ciclos electorales. La estrategia de largo plazo ha sido constante desde Clinton hasta Biden, e incluye la decisión de evitar que otra potencia domine Asia, manteniendo abiertas las rutas marítimas, sosteniendo las alianzas como espina dorsal y protegiendo la primacía tecnológica y económica de EE.UU.

— ¿Y las acciones más inmediatas?

— En ese caso la política está influenciada por ciclos electorales cada 2–4 años, a través de una fragmentación burocrática, una gestión de crisis que consume toda la atención y señales mezcladas a los aliados. Desde el Sudeste Asiático, EE.UU. se percibe como actor de picos de atención seguidos de abandono. Un actor con fuerte simbolismo, pero poca consistencia.

— ¿Qué limitaciones internas en EE.UU. podrían frenar o revertir un compromiso militar fuerte en el Pacífico?

— Hay muchas potencias limitaciones, desde presiones fiscales y guerras presupuestarias a una fatiga bélica después de Irak y Afganistán, los impulsos populistas “America First”, intereses corporativos con exposición económica a China y una polarización política que podría instalar una parálisis institucional. También pueden aparecer crisis domésticas que reorientan la agenda hacia el interior de EE.UU. y una cautela civil-militar respecto a una guerra contra un par nuclear. Algunas o todas estas limitaciones podrían forzar ajustes o una retirada parcial.

¿Cómo evalúa el uso de asociaciones no tradicionales —acuerdos logísticos, acceso a bases, transferencia tecnológica— en la estrategia estadounidense?

— Esos son pilares silenciosos pero centrales de la estrategia estadounidense. Ofrecen presencia avanzada a bajo costo político, aumentan la interoperabilidad y la dependencia tecnológica y reparten costos y riesgos con socios.

— ¿Cuál es el costo para los Estados anfitriones?

— Mayor vulnerabilidad estratégica, menor autonomía política, tensiones domésticas sobre soberanía y erosión del multilateralismo de ASEAN.

— ¿Cómo está observando la estrategia actual de China en el Mar del Sur de China?

— Es racional en términos estratégicos, pero asertiva en normas y altamente riesgosa.
Aprovecha proximidad, poder creciente y tácticas de zona gris, pero erosiona la confianza regional y aumenta la probabilidad de errores de cálculo.

— ¿Y en cuanto al rol de las decisiones judiciales y de las organizaciones internacionales en el Mar del Sur de China?

— Su papel es simbólicamente significativo, pero poco efectivo para cambiar hechos sobre el terreno. Las decisiones judiciales clarifican la ley, pero no la hacen cumplir, y esto es porque las organizaciones internacionales son arenas políticas, no árbitros. La ASEAN, por ejemplo, proporciona diálogo, pero no mecanismos coercitivos y la ONU está limitada por el veto chino. En síntesis, moldean narrativas, pero no detienen la construcción de islas, bloqueos o coerción marítima.

— Volvamos a por qué Filipinas se volvió central para la influencia estadounidense.

— Puede explicarse con cinco razones centrales. Por un lado, la posición geográfica estratégica entre Taiwán y el SCS. Por otro, los sitios EDCA que restituyen acceso militar sin bases formales. Debe considerarse la relevancia operativa para contingencias en Taiwán y el SCS. Además, hay un alineamiento político bajo Marcos Jr. (Ferdinand Marcos Jr., actual presidente de Filipinas). También existe un valor simbólico y normativo vinculado al fallo arbitral de 2016. Así, Filipinas es hoy columna operativa, socio político y pieza narrativa clave.

— ¿Cómo describiría las negociaciones del actual gobierno filipino desde esta posición central?

— Son negociaciones maximalistas en alineamiento, mínimas en equilibrio, y débiles en gestión de palancas. Se pasó del “hedging” a actuar como aliado de primera línea y se prioriza lo militar a lo económico. Con China, la diplomacia es reactiva u procede incidente por incidente. Se concede demasiado sin exigir contrapartidas proporcionales, con un discurso que refleja narrativas de EE.UU.–Japón más que una agenda propia y se subestiman los riesgos para la seguridad y la política doméstica.

— Mencionó a la ASEAN como espacio de diálogo. ¿Cómo ve el rol de esa asociación en este contexto?

— Como dije, ASEAN es indispensable como escenario, pero débil como timón. Es importante en tanto mantiene abiertos los canales diplomáticos, pero su regla de consenso y la diversidad de intereses limitan su capacidad de acción. El proceso del COC (Code of Conduct, Código de Conducta en el Mar del Sur de China) avanza, pero lentamente y sin mecanismos vinculantes, funcionando como amortiguador parcial contra la bipolaridad, pero no como garante de seguridad. Es un moldeador de normas, no un gestor de crisis.

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