Moda, plataformas y poder: el hiperimperialismo en acción en el siglo XXI

La industria de la moda revela el modo de tiranía económica actual.

Por Iara Vidal (*)

A comienzos de 2026, el mundo asiste al avance agresivo de una política exterior conducida por Donald Trump en abierto enfrentamiento con el derecho internacional. La amenaza a la soberanía de pueblos y naciones dejó de ser solo retórica y volvió a manifestarse de forma directa, sin disfraces. Se vuelve cada vez más evidente que hemos entrado en una nueva fase del orden global: la del hiperimperialismo. Sobre este tema, escribí recientemente un artículo para la CGTN en Portugués, del Grupo de Medios de China, donde trabajo.

Este diagnóstico estuvo en el centro del webinarKidnapping Venezuela’s Sovereignty”, organizado por Tricontinental Asia el 10 de enero. El encuentro reunió a Carlos Ron, ex viceministro de Relaciones Exteriores de Venezuela para América del Norte; Stephanie Weatherbee, de la Secretaría Internacional Operativa de la Asamblea Internacional de los Pueblos; y Vijay Prashad, director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social. La moderación estuvo a cargo de Tings Chak, co-coordinadora de Tricontinental Asia.

La conversación partió de una constatación central: el imperialismo contemporáneo ya no depende prioritariamente de la ocupación territorial ni de guerras formales. Opera mediante sanciones económicas, bloqueos financieros, intervenciones selectivas, presión diplomática y guerras híbridas —mecanismos que afectan directamente la vida de las poblaciones y reducen, en la práctica, la soberanía de los Estados.

El estudio del Tricontinental y el concepto de hiperimperialismo

El debate se basó en el dossier Hiperimperialismo: una nueva etapa decadente y peligrosa, producido por el Instituto Tricontinental de Investigación Social en asociación con Sul Global Insights.

El estudio fue coordinado por Vijay Prashad y contó con un equipo internacional de investigadores: Gisela Cernadas (Argentina), Tica Moreno (Brasil), Deborah Veneziale (Brasil) y Mikaela Nhondo Erskog (Suecia/Zimbabue), además de la colaboración del economista británico John Ross, responsable de la organización de datos y gráficos económicos.

La investigación combinó estadísticas oficiales de organismos internacionales, documentos públicos, estudios de caso sobre sanciones e intervenciones y una comparación histórica entre el imperialismo clásico de los siglos XIX y XX y las nuevas formas de dominación del siglo XXI. El objetivo no fue analizar episodios aislados, sino identificar patrones estructurales de actuación de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos y sus aliados.

El Tricontinental define el momento actual como de hiperimperialismo: una etapa en la que el poder global se ejerce de forma permanente, extraterritorial y asimétrica, con frecuencia al margen del derecho internacional. En este contexto, las sanciones funcionan como armas políticas, las reglas se aplican de manera selectiva y los países del Sur Global sufren castigos más severos que las potencias centrales.

Venezuela aparece como un caso emblemático. Según el Instituto, el país enfrenta desde hace años un cerco económico que afecta importaciones, salud, alimentación e infraestructura, reduciendo su capacidad real de decisión política y económica. Por ello, el Tricontinental habla de un verdadero “secuestro de la soberanía”.

¿Pero qué tiene que ver esto con la moda? A primera vista, poco. Pero quizá más de lo que parece.

Para comprender un mundo en el que el poder actúa menos por la fuerza visible y más por la organización de reglas, flujos y deseos, vale la pena observar algo cotidiano y concreto: la ropa que vestimos.

En el imperialismo clásico, la dominación también se expresaba en la estética. El traje europeo, el vestido victoriano y el uniforme colonial funcionaban como marcadores civilizatorios. Vestirse “a la moda del imperio” significaba acceso a la modernidad y cercanía al poder. La moda ayudaba a organizar, de forma visible, la jerarquía colonial.

Hoy, esa lógica cambió de forma — pero no desapareció.

Del cañón al algoritmo

En el hiperimperialismo, el poder ya no se impone prioritariamente mediante cañones u ocupaciones militares. Opera organizando sistemas globales: finanzas, cadenas productivas, tecnología, información y narrativas. Es en este punto donde entran las big techs.

Las plataformas digitales dejaron de ser solo empresas de comunicación o tecnología. Se convirtieron en infraestructuras privadas de poder, capaces de definir qué aparece, qué desaparece, qué se vuelve tendencia y qué es silenciado —todo presentado como elección individual, personalización y libertad.

La moda se integra directamente a este sistema. Ya no se impone una prenda específica; se impone el deseo, mediado por algoritmos, métricas y engagement. La pregunta deja de ser “¿qué vestir?” y pasa a ser “¿quién puedes ser dentro de este sistema?”.

Fast fashion y la ocupación de la atención

El fast fashion y el ultrafast fashion no son solo modelos productivos. Son expresiones directas de este nuevo tipo de poder. La producción se concentra en el Sur Global, mientras el consumo es organizado por plataformas digitales que aceleran tendencias, acortan ciclos y estandarizan estéticas a escala global.

La ropa se convierte en contenido. El contenido en engagement. El engagement en lucro. No es necesario ocupar territorios: basta con ocupar la atención.

En este proceso, las economías locales se debilitan, los modos de vestir no rentables son borrados y la diversidad cultural pasa a existir solo dentro de límites claros: debe ser rápida, vendible y despolitizada.

La estética como frontera política

La estética deja de ser un detalle y se convierte en frontera política. La moda ayuda a definir quién es visto como “global”, “moderno” o “aceptable” — y quién es tratado como atrasado, autoritario o extraño. No es casual que liderazgos que se apartan del traje occidental sean descritos como exóticos o bárbaros, ni que las vestimentas tradicionales solo sean aceptadas como folclore.

El problema rara vez es la ropa en sí. Es el cuerpo político que la viste — y el proyecto de mundo que representa.

China, soberanía y múltiples modernidades

En este escenario, China ocupa una posición singular. En el plano diplomático, el país ha reiterado la defensa del derecho internacional, de la soberanía de los Estados y de la coexistencia entre distintos caminos de desarrollo — desde los Cinco Principios de la Coexistencia Pacífica, formulados en la década de 1950, hasta el concepto de una “comunidad de futuro compartido para la humanidad”.

La idea central es simple: no existe un único modelo legítimo de modernidad. Cada país debe tener el derecho de seguir su propio camino, incluso en el ámbito cultural.

En el debate sobre moda y consumo, esto se traduce en la defensa de la diversidad de expresiones culturales y en el rechazo a la estandarización simbólica impuesta por un único centro de poder. Al mismo tiempo, China actúa dentro de un sistema económico global heredado, marcado por cadenas productivas extensas, plataformas digitales y patrones de consumo acelerado, lo que evidencia las contradicciones y los desafíos de esta transición.

En la moda, esta transición se vuelve visible: el debate deja de ser solo sobre quién produce y pasa a ser sobre quién define los estándares, organiza los flujos y controla los mecanismos simbólicos y tecnológicos que moldean el consumo global.

El poder detrás de lo que vestimos

Si el imperialismo clásico se basaba en la dominación territorial, el hiperimperialismo actúa organizando reglas, flujos, tecnologías y deseos. Las big techs son piezas centrales de este engranaje, y la moda es una de sus lenguajes más eficaces en la vida cotidiana.

Entender qué vestimos —dónde se produce, por quién, bajo qué reglas y mediado por qué plataformas— ayuda a comprender cómo se está organizando el mundo hoy. La disputa central ya no es solo por territorios, sino por soberanía, autonomía y futuro.

Vestirse, al fin y al cabo, también es una forma de elegir un lado.

*Investigadora independiente dedicada al estudio de las intersecciones entre moda, política y cultura. Periodista brasileña radicada en Beijing, trabaja como editora en CGTN en Portugués, emisora del Grupo de Medios de China (CMG, por sus siglas en inglés).

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