Balance económico y geopolítico del primer tramo de gestión del oligarca de la Casa Blanca.
Por Jorge Molinero (*) y Elsa Cimillo (**)
Un año de gobierno ya es tiempo suficiente para evaluar los cambios que ha traído el presidente Donald Trump en su segundo mandato en Estados Unidos. Para el resto del mundo, lo principal ha sido el cambio completo de las reglas que ese país había impuesto tras la Segunda Guerra Mundial por la regla única de Estados Unidos Primero (MAGA), por amenazas o a la fuerza bruta, el retorno de la política imperialista del garrote sin recubrimiento de justificaciones edulcoradas.
Cambios económicos
El primer año de Trump estuvo dominado por la guerra arancelaria contra todos, con idas y venidas, pero siempre apuntando a disminuir las importaciones generales y, en especial, de China. Se ha mantenido desde el 7 de abril un arancel mínimo del 10% para todos —adicional a los preexistentes— a lo que se han agregado prohibiciones, subidas y bajadas arancelarias con China, Europa, Japón, Corea, Vietnam, Brasil, India y Sudáfrica, para nombrar los más importantes.
- Resultados Comerciales Externos
Toda esa parafernalia no ha dado los frutos que se esperaban. El buscado retorno de la producción industrial hasta el momento quedó en promesas. Ya disponemos de las cifras de comercio exterior de Estados Unidos de enero hasta octubre de 2025. En base a ello hemos estimado las variaciones contra 2024.
Cuadro 1.- Comercio Exterior de Bienes y Servicios de EEUU con el Mundo
(en Miles de Millones de Dólares, valores negativos en rojo)

En 2025 aumentaron 5,1% las exportaciones de Bienes y Servicios, pero las importaciones totales aumentaron 6,6%, lo cual profundizó el déficit comercial en 11,8% al superar el billón de dólares (trillion en inglés) frente a los 0,9 billones de 2024.
Según informaciones recientes de Aduanas de China, las exportaciones de ese país a Estados Unidos se redujeron a 431.060 millones de dólares (-15,5% s/2024) mientras las importaciones chinas desde ese origen cayeron a 143.362 millones (- 14,1%). Eso redujo el superávit recíproco a 287.698 millones de dólares (-22,7%). A nivel mundial China ha cerrado el año con récords de exportaciones y superávit. Su superávit mundial se expandió al récord de 1,2 billones billones de dólares (1.2 trillion). El resto del mundo más que compensó su caída en EEUU, siendo su superávit mundial del mismo orden de magnitud que el déficit comercial mundial de Estados Unidos.
- Déficit fiscal y deuda pública
Estados Unidos arrastra –además de su creciente déficit comercial externo– un creciente déficit fiscal y por lo tanto un incremento alarmante de su deuda pública, que en 2025 asciende a 33 billones de dólares (33 trillion), lo que equivale a 124% de su PBI, la décima proporción deuda/PBI entre 170 países y de lejos la más voluminosa. La mayoría abrumadora de su deuda está tomada en su propia moneda, señoreaje que impone al mundo que usa el dólar como reserva en sus bancos centrales, un préstamo a Estados Unidos por su histórica condición de país dominante en las esferas productiva, financiera y militar. El ascenso del liderazgo industrial de China (su industria es más grande que la suma de la de EE.UU., Alemania y Japón juntas) está cambiando esta ecuación, y quedan como elementos hegemónicos el uso del dólar como moneda de reserva y la supremacía militar, al que apela por amenaza o intervención directa.
Cuadro 2.- Déficit fiscal en billones de dólares corrientes

El déficit comercial estimado para 2025 (1,0 billones de dólares) es equivalente al 52,6 % del déficit fiscal (1,9 billones). En números aproximados, la mitad del déficit fiscal lo soporta el resto del mundo que financia a Estados Unidos comprando los “seguros” Bonos del Tesoro de ese país. La deuda pública de 33 billones está contraída en alrededor de 65% por nacionales, y el 35% restante, por países y ciudadanos extranjeros. La aceleración de los déficits fiscales en los últimos 10 años, pasando del 3,1 al 6,1% anual actual (con picos elevados durante el Covid) es el resultado de una tendencia que comenzó hace más de 40 años. Dos elementos importantes influyen en esta deriva: la caída de las tasas impositivas progresivas al gran capital y el elevado gasto militar.
De haberse mantenido tasas impositivas progresivas la deuda pública estaría reduciéndose en vez de crecer. Pero en una economía dominada por el capital financiero, las tasas impositivas progresivas producirían fuga del capital local y mundial hacia otros destinos, incluidos refugios fiscales. Un dilema insoluble.
Los gastos en defensa no han dejado de crecer en las dos últimas décadas. De acuerdo a las cifras del instituto sueco SIPRI, sus gastos militares se han empinado de 659.800 millones de dólares en 2016 a 997.309 millones (casi 1 billón) en 2024 y Donald Trump ha anunciado que crecerán hasta 1,5 billones. El segundo gasto militar es de China, por el equivalente a 313.658 millones de dólares), menos de un tercio del de Estados Unidos. China no ha caído en la trampa del gasto militar que contribuyó al hundimiento de la URSS.
Hay muchos otros ítems, de menor importancia individual, pero de peso en su conjunto, que deterioran la posición de solidez que debería tener el país que se presenta como garantía del orden mundial, incluida su estabilidad financiera.
- Comparaciones con China
Para cerrar el capítulo económico, recordemos que Estados Unidos sigue siendo líder en investigación y avances científicos puros, aún por delante de China en algunas tecnologías críticas como diseño, software y producción de chips avanzados —muy importantes para la defensa— incluida las más adelantada máquinas de litografía EUV, fabricadas por ASML de Holanda. Los avances en IA dependen de esos chips tanto como de la masa de datos críticos en que China lidera ampliamente, lo mismo que en capacidad de procesamiento eléctrico con una masa y crecimientos muy superiores a Estados Unidos. En cuanto al crecimiento económico comparado, la prensa internacional abruma con la robusta tasa de crecimiento de EE.UU. (2% para 2025, según el FMI) frente al débil crecimiento europeo (1,4 %) o las “dificultades de China”, cuyo PBI creció al… 5 %, es decir más del doble de la robusta tasa estadounidense. No es que China no tenga problemas económicos, los tiene como cualquier país importante. Pero desde 2008 arrecian los pronósticos de pronto colapso chino sin fundamentos serios. En otros estudios hemos desarrollado este punto en profundidad.
La geopolítica del hegemón imperialista
Repasemos el estado actual de los principales conflictos reales y potenciales.
Guerra Rusia-Ucrania. La solicitud de ingreso de Ucrania a la OTAN desencadenó la invasión rusa en febrero de 2022. Desde hace más de dos años el avance ruso es lento, pero implacable. Han recuperado altas proporciones de los oblast (provincias) rusoparlantes y están destruyendo toda la infraestructura del territorio ucraniano por superioridad militar, en especial con cohetes de alta precisión, con hasta ahora solo dos Oréshnik, capaces de burlar cualquier escudo antimisil por su velocidad de Mach 10 y alcance de hasta 3.000 kilómetros. El avance en el campo de batalla se logra de forma convencional (excepto la incorporación mutua y masiva de drones) con altos costos de soldados de ambos bandos, con Ucrania mucho más complicada para reclutar soldados. Solo subsiste por el apoyo de armamento de la OTAN. Los militares norteamericanos explicaron a Trump que el colapso es sólo cuestión de tiempo. Trump pretende alejarse del conflicto, pasárselo a los europeos, venderles las armas, y fungir de mediador para cerrar ese frente, ahora en unas conversaciones tripartitas con Rusia y Ucrania. O sea, busca salir sin perder la cara. Rusia, al ir ganando la guerra, no cederá sus pedidos básicos: recuperación de los oblast rusoparlantes, reconocimiento de Crimea como parte de Rusia, neutralización total de Ucrania sin admisión a la OTAN, drástica reducción de sus fuerzas armadas y desnazificación de las mismas. Resultado, no hay solución rápida a la vista.
Conflicto Israel en Gaza y con Irán. El genocidio de los palestinos en la Franja de Gaza y en menor medida en Cisjordania no ha cesado, simplemente cambió de intensidad. Convertir la Franja en una Riviera de Medio Oriente, con vista al mar y los portaviones norteamericanos, es un plan macabro y al mismo tiempo maniobra desviacionista de la atención sobre la aniquilación palestina. A ello se suman las amenazas de volver a intentar un cambio de régimen en Irán, ahora por la “democracia” ante los desórdenes que genera la carestía provocada por el férreo bloqueo de las exportaciones de petróleo iraní. Las manifestaciones han ido en aumento, con apoyo de la CIA, el Mossad y quizá también el MI 6. Trump desearía no volver a aplicar el Martillo de Medianoche porque Irán ha prometido no dejar esta vez indemne las bases norteamericanas cercanas y lanzará toda su cohetería avanzada hacia Israel. La presión de Netanyahu para atacar primero es un tema no resuelto. Sin contar el tembladeral que son los múltiples conflictos abiertos o latentes en Medio Oriente, tampoco aquí hay paz a la vista.
Bloqueo a Venezuela y secuestro de Maduro. Fue una operación de precisión y supremacía en guerra cibernética. Un rápido “toco y me voy” al portaviones estacionado frente a las costas. Bloquearon todas las comunicaciones en Venezuela, lo que permitió el ingreso de los helicópteros que –con el apoyo interno de infiltrados en el gobierno– bajaron a metros de la casa en que estaban Maduro y su esposa en un campo militar, mataron a sus guardias y lo secuestraron para llevarlo a Estados Unidos. La excusa que Maduro era el jefe de un cartel narcotraficante fue descartada de inmediato por el mismo tribunal norteamericano. No importa, diría Trump, lo tenemos aquí y pagará por ello, agregando sin que nadie preguntara que el petróleo venezolano es norteamericano. En vez de desembarcar tropas y realizar un cambio de régimen imponiendo a la opositora Corina Machado, ha preferido negociar con la vicepresidenta Delcy Rodríguez, en una dualidad de poder que no puede ser eterna. O se retiran los estadounidenses o terminan por bloquear lo poco que le quedaba de comercio exterior a Venezuela hasta la rendición o ruptura del gobierno chavista y todo salta por los aires. Entrar con tropas es fácil, el terror generado puede surtir efectos, pero nadie garantiza que se podrán retirar sin llevarse muchos ataúdes de soldados norteamericanos, además de haber abierto la caja de Pandora en Sudamérica. Lejos está de ser caso cerrado.
El caso Panamá fue breve. Trump obligó al gobierno panameño a exigir y lograr que los capitales de Hong Kong que eran propietarios de la operación del canal lo vendiesen a terceros, elevó el costo del peaje a barcos chinos, y dio por concluido el diferendo.
Caso Canadá. Hubo décadas de seguidismo de las aventuras de EE.UU. por el mundo, incluida –como lo expresó recientemente el primer ministro Mark Carney en Davos– con la actual participación de Canadá como miembro central de la Coalición de los Dispuestos en el bando de Ucrania contra Rusia. Sin embargo, se alza contra Estados Unidos por la pretensión de Trump de hacer de ellos el estado número 51, contraatacando al hegemón con la profundización de acuerdos comerciales con China, en especial exportarles más petróleo. No creemos que se llegue a las armas, pero sí a una agudización de las oposiciones políticas y guerra comercial. Las declaraciones de Carney en el Foro de Davos son un reconocimiento de lo que por décadas hicieron (ellos y tantos otros países desarrollados) por presión y también por conveniencia, al margen de las pretensiones del primer ministro canadiense de una improbable unión de las autodenominadas “potencias intermedias”.
Caso Groenlandia. Formalmente es una colonia de Dinamarca, con menos de 60.000 habitantes en un territorio de 2,1 millones de km2, más cercana al “Hemisferio Occidental” que a Europa. El canciller ruso Lavrov tercia en la disputa recordando que la posesión dinamarquesa es otro acto del expansionismo colonialista de ultramar europeo, quizá olvidando el propio expansionismo que durante más de mil años llevó a la Rusia de los Zares desde Kiev a Moscú y luego a la expansión por Siberia y Asia hasta fundar Vladivostok en 1860. Claro, al igual que la expansión territorial estadounidense sobre su actual superficie, no era imperialismo de ultramar.
Trump arregló con el jefe de la OTAN, el holandés Mark Rutte (quien lo llama “papito”), el acceso de Estados Unidos a Groenlandia. Como todas las declaraciones de Trump, no hubo precisiones ni documentos firmados, solo el estupor de los europeos. A los países que mandaron pequeñas delegaciones de mandos militares a Groenlandia les impuso elevados aranceles, para quitarlos tras el unilateral anuncio de triunfo. De todos los casos de conflicto potencial, este es el más fácil y menos cruento para resolver por Estados Unidos, y lo llevará a cabo de una forma u otra. Terminará controlando Groenlandia, abriendo una nueva herida en las relaciones. Como en la mayoría de los casos, la contienda termina con una declaración de triunfo de Trump sin que se haya visto bandera blanca del otro bando.
Caso China. Con cientos de bases militares en el Pacífico apuntando a China, Estados Unidos mueve sus alfiles. Declaraciones de la primera ministra japonesa Sanae Tachanichi, grandísimas ventas de armamentos a Taiwán y más roces de naves chinas y filipinas en disputadas islas. China reacciona con declaraciones fuertes y movimientos de su creciente flota de guerra, pero trata de evitar una guerra directa o por poderes porque aún no tiene paridad militar defensiva.
Es una espada de Damocles que, fuera de su territorio, con cualquier excusa, la marina de EE.UU. termine por bloquear el tránsito mercantil chino en estratégicos puntos de choque: estrecho de Micayo (cerca de Japón), estrecho de Luzón (entre Taiwán y Filipinas), estrecho de Malaca (Singapur), y más lejos Ormuz, Suez, canal de Panamá, Tierra del Fuego gracias a Milei y sigue la lista. Solo quedaría como vía segura el tramo terrestre de su ambiciosa Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).
Bloqueo petrolero a Cuba: Trump emitió una orden ejecutiva para habilitar la imposición de aranceles a bienes provenientes de países que suministren petróleo a Cuba, con el falaz argumento que la isla es una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional estadounidense. Quiere estrangular a Cuba. China emitió una fuerte declaración en contra de la medida y al cierre de esta nota no había reacciones de otros países.
Sin máscara
El principal cambio es que Trump le sacó a Estados Unidos la máscara de país que persigue la libertad y la democracia para la humanidad. Desde aliados hasta intelectuales defensores de Estados Unidos lo expresan claramente. Entre estos últimos, recientemente el profesor John Mearsheimer (geopolítica del realismo ofensivo), sobre la agresión a Venezuela, expresó: “No se trata de que Estados Unidos se preocupe por la amenaza que China o Rusia puedan afectar su hegemonía en el hemisferio occidental. Se trata de un ejemplo de imperialismo a la antigua usanza”, criterio que mantiene para sus acciones en todo el mundo, no solo en el “Hemisferio Occidental”. En la misma vena están las declaraciones del economista liberal Jeffrey Sachs.
El diagnóstico es similar entre ambos, las preferencias difieren ya que Mearsheimer indica abiertamente que esos actos imperialistas perjudican a Estados Unidos y pueden alejarlos –con el agravamiento de conflictos no resueltos– de la (deseable para él) contención de China como objetivo central de Estados Unidos. De allí la guerra híbrida (comercial, tecnológica, diplomática, de espionaje, comunicacional y de amenaza militar, entre otras) que han desatado contra la potencia ascendente. Jeffrey Sachs aún conserva ilusiones de cambios que retornen a un sistema internacional “basado en reglas”, aquellas dictadas por Estados Unidos desde 1945 y que ahora los perjudican en especial por el ascenso de China.
Mearsheimer indica que las acciones imperialistas generan el crecimiento del nacionalismo en los países que procuran independencia de hegemón. Uno de los nacionalistas que entiende ese desafío imperialista es el analista ruso Serguéi Poletáyev que asegura que “no habrá vuelta a la ‘normalidad’ después de Trump”. Europa estaba desprevenida y ya lo siente en carne propia. Las consecuencias son imprevisibles.
Después de las declaraciones de Donald Trump en Davos sobre su apetencia sobre Groenlandia y sus pensamientos sobre un denominado Consejo de la Paz al margen de la ONU que lo tendría como casi emperador, el Departamento de Guerra de Estados Unidos publicó el pasado 23 de enero su nueva Estrategia de Defensa Nacional. Se asumen públicamente los objetivos imperialistas, con poco envoltorio formal. Enfatiza “defender activa y valientemente los intereses de Estados Unidos” en todo el hemisferio occidental, insistiendo en la Cúpula Dorada para todo Estados Unidos y explicitando su interés por el Canal de Panamá, el “Golfo de América” (Golfo de México) y Groenlandia como “terreno clave” para el acceso “militar y comercial”.
Le recuerdan al mundo su “robusta y moderna fuerza de disuasión nuclear” y abogan por el fortalecimiento de “formidables ciberdefensas”.
Pero mienten descaradamente sobre sus objetivos en China: “Nuestro objetivo al hacerlo no es dominar a China, ni estrangularla ni humillarla. Más bien, nuestro objetivo es simple: impedir que nadie, incluida China, pueda dominarnos a nosotros o a nuestros aliados. Esto no requiere un cambio de régimen ni ninguna otra lucha existencial.” Es todo lo contrario. Tampoco lo cree China. Es tan mentira como decir que atacó Venezuela porque Maduro era el jefe de un cartel de narcotraficantes.
Respecto a Rusia, declaran que es una «amenaza persistente pero manejable para los miembros europeos de la OTAN en el futuro previsible» y que los europeos deben cargar con la seguridad regional. Poncio Pilatos redivivo.
Reflexiones finales
Sin dudas habrá episodios espectaculares generados por Trump, idas y vueltas geopolíticas como lo esbozado en el plano económico. Pero no debemos confundirnos. No quiere decir que el poder real norteamericano no sepa a dónde quiere ir. El poder real es la unión de comando cambiante entre las distintas fracciones del gran capital (tecnológico, financiero, la industria de la defensa, el alicaído remanente industrial, entre otros) y sus representantes en los principales resortes del poder político, las redes sociales, la gran prensa, Hollywood, el Congreso, la Corte Suprema, el Ejecutivo y sus agencias militares y de inteligencia como Pentágono, FBI, NSA, CIA y tantos otros. Ese poder real es el que marca el paso, correspondiendo a los sucesivos presidentes interpretar y actuar en consecuencia de acuerdo a sus propias características, enfatizando aquí, ocultando allá, tentando para retroceder si la oposición es demasiada. El denominador común desde Obama a la fecha es que Estados Unidos se propuso contener a China para que no dispute su hegemonía mundial. Quedarse en la interpretación de la personalidad megalómana de Trump no lleva a ninguna parte. Trump expresa las fracciones americanistas y nacionalistas de derecha que prevalecen sobre las globalistas, aunque haya importantes actores apostando a ambos casilleros.
No existe tal repliegue o retroceso abroquelándose en los triunfos fáciles en el Hemisferio Occidental, no hay aislacionismo ni aceptación de predominios regionales de China o Rusia. Esas insinuaciones son engaños para incautos. Es totalmente cierto que a largo plazo, y de no mediar guerras directas o por delegación, China sería la primera potencia del planeta en todos los órdenes, en un mundo centrado en el crecimiento incontenible de Asia, incluida la ascendiente India. Pero el largo plazo puede ser alterado por la Trampa de Tucídides, donde el hegemón actual teme el ascenso de otra potencia y termina en una guerra que debilita a ambos, y tratándose de potencias nucleares pueden aniquilarse mutuamente y con ellos a todo el mundo.
El declive de Estados Unidos no es absoluto, sino relativo. Sigue siendo una potencia científica y tecnológica, con una diferencia significativa en el campo científico puro aún con los avances en esos campos y la masa de producción industrial de China. Tiene la moneda de reserva mundial que le garantiza el actual señoreaje sobre otros países, aunque esté en lento pero continuo descenso. Y tiene el argumento de última instancia, sus formidables capacidades bélicas y 800 bases mundiales.
El objetivo es contener a China, y comienza por los avances fáciles en su patio trasero (América Latina) y en su azotea (Groenladia), que tapan su falta de avance en otros escenarios, agujero negro para sus gastos. Desde el estricto punto de vista del interés nacional de China, ellos no deberían tener apuro que se resuelvan ninguno de los conflictos indicados, dado que esos conflictos demoran el tiempo en que Estados Unidos pueda acumular su fuerza sobre China. El ejemplo cercano es Venezuela. Fuertes declaraciones contra el acto de piratería estadounidense, pero ninguna acción. Tampoco hay tanta afectación económica. Venezuela enviaba a China el 80 % del poco petróleo que el bloqueo permitía. Pero el 80% de esas exportaciones equivalía a 400.000 barriles por día (bpd), apenas un 3,6 % del total que China importa al resto del mundo:11 millones bpd, Otra cosa sería el cierre del acceso a Irán o Medio Oriente, quedando sólo la fuente rusa.
En su política exterior, Estados Unidos no está dando un paso atrás ni para tomar impulso. Es un león herido pero muy fuerte todavía. No hay nada “ineluctable” en las tendencias al ascenso de China. Para países que pertenecen al Tercer Mundo, convendría que estas diferencias entre Estados Unidos y China se resolviesen sin disputas –ampliando nuestras propias oportunidades de avanzar–, pero Estados Unidos sabe que la paz es garantía de su pérdida de hegemonía. Quizá lo llegue a asimilar y termine por aceptarlo porque la alternativa puede ser la mutua destrucción asegurada (MAD), o del mundo entero, no lo sabemos. Vivimos en un presente extremadamente peligroso.

(*) Sociólogo (FFyL-UBA, 1967) y economista político (FCE-UBA, 1970). Fue profesor adjunto de Historia Económica y Social General (FCE–UBA). Publica sobre geopolítica, economía y política nacional e internacional, destacándose estudios sobre la Revolución Rusa, la evolución de China y sus disputas con Estados Unidos.

(**) Economista político (FCE-UBA, 1968). Trabajó en organismos Nacionales (CONADE, Min. de Economía), Provinciales (CFI) y Municipales (Dirección de Estadística de CABA), en áreas dedicadas a PBG, mercado de trabajo, y distribución del ingreso. Colaboró con Revista FIDE, entre otras publicaciones, y publicado el libro “Acumulación y centralización del capital en la industria argentina”.
